La gente se cansó de los políticos, la corrupción en muchos de los casos y el descrédito de los partidos en otros dieron paso a los vendedores de ilusiones.

La tendencia es unánime: hacerse con el poder absoluto, sin equilibrios, ni contrapesos, la presidencia imperial. Así quieren Donald Trump, Vladimir Putin, Viktor Orbán, Xi Jinping, Daniel Ortega, Nicolás Maduro y, por lo visto, López Obrador. Es la moda, la democracia está cuestionada, pasa por uno de los peores momentos de su larga historia; se van arraigando los populismos, de izquierda y derecha, al fin de cuentas llegaron por la vía de los votos, de la democracia participativa, aunque al final la interpretan y ejercen a su manera.

Les incomodan los otros poderes, los organismos de la sociedad civil, la crítica, la oposición, en fin, todo lo que los contradiga, y como en algunos casos han conquistado las legislaturas y los parlamentos les resulta más fácil incursionar en el judicial y pulverizar los contrapesos de la sociedad civil.

Del pasado histórico quieren lo que les gusta, aquello con lo que se identifican, en nuestro caso así se trate de los tiempos de la hiperinflación, de la libertad limitada o el maniqueísmo en pleno que igual acomoda conservadores con liberales.

Por eso se sale de tendencia el anuncio del presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, al convocar a elecciones, una vez que su propuesta de presupuestos fue derrotada por la oposición.

Trump no consigue los recursos para construir un muro entre Estados Unidos y México y entonces se carga con la Constitución al decretar una declaración de emergencia nacional que sólo la entienden él y sus contumaces seguidores. Salta por encima de la atribución de los legisladores para fijar presupuestos.

Putin organiza elecciones a modo, desaparece rivales, avanza en sus afanes imperialistas, anexiona Crimea y manipula la suerte de Ucrania.

Jinping es confirmado como presidente de China a perpetuidad, desde ahí impulsa su Ruta de la Seda que igual le sirve para estimular el comercio que para desarrollar nuevos centros de control militar.

Y entre ellos, la pequeña figura del dictador de Corea del Norte, Kim Jong-un, con quien tan bien se entiende Donald Trump.

Al influjo las figuras emergentes de Matteo Salvini en Italia, Andrzej Duda de Polonia y, desde luego, Jair Bolsonaro, quien en un par de meses ya tiene un caos en Brasil.

El panorama no pinta bien. Estamos frente a una reedición de las dictaduras, sólo que ahora con el respaldo electoral. La gente se cansó de los políticos, la corrupción en muchos de los casos y el descrédito de los partidos en otros dieron paso a los vendedores de ilusiones, quienes han hecho de la tribuna un púlpito con promesas inalcanzables e inentendibles.

A México le costó mucho tiempo y vidas llegar a los órganos ciudadanos, llegar a un instituto electoral independiente. Un periodo casi similar se necesitó para consolidar la autonomía del Banco de México como freno a los caprichos y excesos de los gobernantes.

La reciente andanada sufrida por el presidente de la Comisión Reguladora de Energía, Guillermo García Alcocer —desde Palacio Nacional, que antes dispuso de honras sin mayor prueba que la sentencia presidencial—, nos advierte de los riesgos que pueden derivar de la pulverización de los contrapesos.

La fanaticada está enardecida, con ceguera defiende a su tlatoani que igual pontifica en el Capitolio que en Palacio Nacional, sin reparar en las consecuencias cuyos costos ya reclaman el pago y en efectivo.

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Juan MaríaNaveja

Comunicador

Al Margen

Es analista, consultor y conferencista. Autor del libro Periodismo Radiofónico una Revisión Inconclusa, Editorial Porrúa y Coautor de Comunicación Política 2.1 modelo para armar, Editorial Etcétera.