Acaban de evaluarse los datos sobre pobreza por parte del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval). Como se deriva de los datos, se obtiene un panorama triste.

Para el 2016 hubo 53.4 millones de pobres, de los cuales se considera que estuvieron en pobreza moderada 44 millones y en pobreza extrema 9.4 millones. El total de pobres subió del 2008 al 2016 en 3.9 millones de personas y los que se encontraron en pobreza extrema bajaron de un año a otro en 2.9 millones.

El Coneval reconoce que la pobreza es la causa principal para que millones de mexicanos en edad de estudiar no asistan  a la escuela. La educación es gratuita y se ofrecen becas como ayuda complementaria, pero ello no es suficiente.

También contribuyen como limitante la infraestructura precaria, la falta de personal docente y una ignominia: la discriminación a la población indígena, a las mujeres embarazadas y a madres solteras. O sea, un poliedro de problemas. Si no es una cosa es otra.

La esencia del análisis evaluatorio es que no se han generado los instrumentos idóneos para que se reduzca la pobreza por ingresos. Significa que se requiere de nuevas políticas públicas, o la transformación de las existentes, que permitan lograr el objetivo político de abatirla, cuestión que se convierte en prioritaria para el próximo gobierno.

También la pobreza se relaciona con la inseguridad. El politólogo José Merino hace un análisis de que la condición de ser pobre conlleva la probabilidad de ser asesinado. Dice: “Entre el 2007 y el 2016 murieron asesinadas un total de 133,560 personas de entre 12 y 40 años de edad. De ellas 114,700 tenían una escolaridad menor a la esperada dado su rango de edad. Sí, 86 de cada 100 asesinadas. Por ejemplo, los niños sin primaria eran 33% del total de niños entre 12 y 17 años, pero 71% de las víctimas de homicidio estaba en ese grupo de edad. Mientras que los jóvenes sin secundaria eran 46% del total de jóvenes entre 18 y 25 años, pero 83% de sus víctimas de homicidio”.

Estos datos no pueden dejarnos indiferentes. Y nos lleva a pensar en lo mucho que se tiene que hacer para superar estas aberraciones sociales.

En todo el mundo se advierte que están en sus niveles mínimos la democracia, la economía de mercado y los gobiernos. Esta es la evaluación a que se llega por varias instituciones, entre otras el centro de estudios alemán Bertelsmann Stiftung. Hay crisis de confianza.

En el caso de América Latina, las señales de alerta son delicadas porque “revelan signos en aumento de un síndrome por el que las élites políticas no logran ofrecer soluciones satisfactorias”. Una prueba de ello son los niveles tan bajos de aceptación social que tienen los líderes regionales. Lo grave es que la creciente pérdida de legitimidad de gestión y el desánimo social conduzcan al poder a figuras autoritarias que venden fantasías.

Sergio Mota Marín

Economista

Economía y Sociedad

Escritor y licenciado en economía, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. De 1984 a 1990 fue embajador de México ante el Reino de Dinamarca, donde se le condecoró con la orden Dannebrog.