Al inicio del año pasado, los pronósticos de crecimiento de la economía eran de casi 4%; estamos en enero del 2014 y aún no sabemos cuánto efectivamente creció, aunque el consenso los sitúa en alrededor de 1.2 por ciento. Y ahora, se pronostica que el crecimiento para este año se situará en una cifra de alrededor de 3.5%, misma que se irá revisando a lo largo del año a medida que se den a conocer diversos indicadores como el IGAE, comercio exterior, agregados fiscales, etcétera. No por nada se dice que Dios inventó la meteorología para que la economía fuese una ciencia exacta. Yo no le pongo un número porque no tengo una bola de cristal y -como coloquialmente se dice- no hay nada más difícil que predecir que el futuro. Sin embargo, sí se puede hacer un análisis cualitativo sobre aquellos elementos que serán importantes en la evolución de la economía y, consecuentemente, sobre la tasa a la cual crecerá.

Primero, el entorno internacional, particularmente dada la relevancia que tiene para la economía mexicana, lo que sucederá con la economía estadounidense. De ésta, dada su enorme flexibilidad, se espera crezca en alrededor de 3 por ciento. El impacto sobre México dependerá de si este crecimiento se extiende al sector industrial, ya que éste es la liga con la industria manufacturera mexicana. De ser esto así, una de las fuentes de expansión de la economía será la demanda externa por nuestras exportaciones. Sin embargo, existen riesgos, como la incertidumbre de que hará la Reserva Federal con el monto del estímulo monetario y las negociaciones en el Congreso estadounidense sobre aspectos fiscales, como el presupuesto y el techo de la deuda.

Segundo, están las consideraciones de carácter interno y al respecto hay varias cosas que considerar. En primer lugar, estaría el efecto de las reformas aprobadas en el 2013. Quitando la financiera, ninguna de las otras (telecomunicaciones y energía) impactarán la evolución de la economía sino hasta el 2015, en el mejor de los casos. Sin las leyes secundarias en estos dos sectores no habrá ninguna inversión significativa que altere su evolución en el corto plazo. Y aquí existe el enorme riesgo que las leyes en la materia no generen los incentivos adecuados para promover hacía el futuro flujos significativos de inversión privada, nacional y extranjera.

En segundo lugar está el efecto que tendrá sobre el crecimiento la parte fiscal. Partamos de que toda política tributaria que le extrae más recursos al sector privado introduce presiones para un menor crecimiento y eso es lo que se aprobó más el hecho de que las reformas tributarias no alinearon los incentivos con el objetivo de mayor trabajo, ahorro e inversión sino todo lo contrario. Tenemos ahora un diseño tributario que castiga el crecimiento económico.

En tercer lugar, el déficit fiscal. Lo relevante no es el balance económico, sino los requerimientos financieros del sector público, los cuales se estiman ascenderán este año a 4.5% del PIB. Cómo se financien es determinante para saber el impacto que tendrá una política fiscal expansiva sobre el crecimiento económico; financiarla con deuda interna desplazaría al sector privado en el sistema financiero, desincentivando la inversión privada; financiarla con crédito primario del Banco de México está fuera de toda posibilidad; queda financiarla con deuda externa, lo cual no es muy factible dados los requerimientos financieros de las economías estadounidenses y europeas. Así, el impacto sobre el crecimiento será muy pequeño.

Por lo tanto, nuestra única apuesta es, finalmente, que a los gringos les vaya bien. Otro año de crecimiento mediocre.

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