Desde el inicio de la pandemia, la demanda se ha orientado hacia bienes, como computadoras portátiles, y se ha alejado de las actividades del sector de servicios de contacto intensivo, como restaurantes y turismo.

La economía mundial ha estado en una montaña rusa desde el inicio de la pandemia. La oferta y la demanda colapsaron el año pasado cuando la pandemia se extendió y los gobiernos respondieron con confinamientos. La demanda empezó a recuperarse cuando los gobiernos y los bancos centrales respondieron con medidas fiscales, sin embargo, la oferta tardó en ajustarse ya que las restricciones de movilidad se mantuvieron vigentes hasta que los riesgos de pandemia comenzaron a disminuir.

La semana pasada los datos de inflación estadounidense publicados sorprendieron una vez más al alza cuando los precios al consumidor aumentaron a 6.2% en octubre en comparación con el año anterior, el aumento anual más significativo desde 1990. Hay que recordar que Estados Unidos se destacó entre las economías avanzadas con el más generoso programa de estímulo fiscal, alrededor del 25% del PIB según el FMI. Este nivel de estímulo no tiene precedentes en tiempos de paz.

¿Qué parte del salto de la inflación de nuestro vecino es atribuible a la política fiscal? Solo una fracción. Este incremento no solo es un fenómeno estadounidense. Alemania, que escogió enfrentar la recuperación en este año sin un estímulo fiscal extenso, alcanzó el 4.6%, el máximo en casi tres décadas. Y la inflación estimada para octubre en la UE es del 4.1 por ciento. Este también es el caso de México que registró el mes pasado el mayor aumento en cuatro años.

La economía básica nos dice que en un mercado libre el precio de un bien o servicio refleja un equilibrio entre la oferta y la demanda. Mientras la capacidad de oferta de la economía pueda absorber incrementos en la demanda, la presión inflacionaria esta contenida. La mayor parte de aceleración de los precios recientes se explica principalmente por los cuellos de botella de la oferta que se han desencadenado por interrupciones en las cadenas de valor mundiales y por un ajuste único en los precios de las materias primas, que volverán a niveles más normales este año.

Otro factor que ha contribuido a la inflación es un cambio en el patrón de demanda de los hogares. Desde el inicio de la pandemia, la demanda se ha orientado hacia bienes, como computadoras portátiles, y se ha alejado de las actividades del sector de servicios de contacto intensivo, como restaurantes y turismo.

En una economía sin fricciones esperaríamos que la oferta respondiera a las nuevas condiciones de demanda, pero sabemos que el ajuste es lento y que puede ser especialmente lento frente a grandes choques globales como la pandemia, donde la política se centra en salvar vidas en lugar de la economía. Como resultado, la capacidad de oferta no se ha ajustado completamente a ese cambio, lo que lleva a desequilibrios entre la oferta y la demanda tanto de bienes como de servicios.

Existe un amplio consenso de que la inflación comenzará a disminuir una vez que se terminen los ajustes a los precios de las materias primas y ceda el impacto del estímulo fiscal. En la mayoría de los casos, esto comenzará a ocurrir en los próximos 3 a 6 meses. Las presiones inflacionarias por la interrupción del suministro también deberían disminuir a medida que los contagios y casos graves disminuyan.

La respuesta de la política monetaria deberá reconocer el carácter temporal del aumento en la inflación, más aún cuando es bien sabido que existe un desfase entre ajustes en la política monetaria y el cambio en los precios. De no ser así muy pronto estaremos analizando los efectos negativos en el crecimiento económico a raíz de decisiones centradas casi exclusivamente en mantener bajos niveles de inflación.

Lucía Buenrostro

Actuaria por la UNAM

Columna invitada

Lucía Buenrostro es Maestra en Economía por El Colegio de México y Maestra en Matemáticas y Finanzas por el Imperial College (Reino Unido). Es Doctora en Economía por la Universidad de Warwick (Reino Unido). Ha desempeñado labores de docencia e investigación en la UNAM, en la Universidad de Warwick y en la Universidad de Oxford.

Cuenta con una amplia y sólida trayectoria en el sistema financiero internacional donde laboró por casi 15 años en Londres como responsable de áreas de administración de riesgos en la banca de inversión.

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