La decisión de limitar la cantidad de dólares que una persona puede comprar o vender podría resultar un buen instrumento para contener el famoso lavado de dinero sucio, aunque no deja de generar temores acerca de lo que en el futuro pueda ocurrírseles a las autoridades del gobierno, en sus tres poderes.

Ya tenemos la absurda decisión de impedirle a quien le de la gana fumar, lo haga en donde le venga en gana; si a sabiendas de que el tabaco causa cáncer decide seguir fumando, no hay razón para limitar la libertad de las personas.

Podrán decir algunos que se trata de proteger a los que no fuman, pero el punto es que no habría que limitar nada, sino simplemente pedirles a quienes ofrecen servicios de alimentos que pongan un letrero visible y hagan saber a sus clientes, antes de ingresar al lugar, que ahí se permite o no se permite fumar.

A los que argumentan sobre el costo de atender a los enfermos por fumar, hay que recordarles que es más eficiente elevar los impuestos al tabaco, aunque, eso sí, nada podemos decir de la eficiencia de las autoridades del gobierno para gastar los recursos en la atención de pacientes con esas enfermedades.

Igual se viene ahora la decisión de limitar o impedir que cierta comida chatarra se venda dentro de las escuelas, y hay que recordar el eficiente Programa Hoy No Circula y los retenes.

Sin tener una idea clara del problema que las autoridades desean solucionar y posiblemente sin saber siquiera de qué magnitud es, el gobierno simple y sencillamente decide privar las libertades de los ciudadanos, sin que nadie vaya a la Corte a pedir una investigación acerca de la privación de las libertades constitucionales.

México es posiblemente el único lugar del planeta en donde luego del capítulo de las libertades, se prohíbe invertir en algunos sectores, se prohíbe dedicarse a ciertas actividades, como ser candidato a un puesto de elección si no se es miembro de un partido político.

Es insoportable que alguien se abrogue el derecho de decidir por otros, como en los casos mencionados, y que no esté dispuesto a escuchar lo que la sociedad civil tiene que decirle. La sociedad está cansada de esa civilidad sospechosa, de tener tanto burócrata inú­til, del exceso de legisladores y sus excesos, de la corrupción que se pasea por las narices del Poder Judicial sin que nadie haga nada. A nosotros simplemente déjennos en paz. Educar para decidir mejor y dejar que los precios actúen.

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