En el camino de la Ciudad del Escepticismo, tuve que pasar por el Valle de la Ambigüedad.

Adam Smith

La mayoría de las personas, cuando piensan en cómo tomar decisiones, creen que entre más información comparable tengan —y ésta se presente con más claridad— las decisiones que tomen serán más sencillas y, consecuentemente, más eficaces.

También creen que cuando la información o la naturaleza misma de las decisiones que deben tomar es ambigua, la carencia de información precisa los llevará a tomar decisiones ineficientes.

Ambas premisas son esencialmente correctas. Sin embargo, existe además el riesgo de que, por deficiencias en el análisis de la información, los seres humanos perciban ambigüedad incluso donde no existe y ello los lleve a tomar decisiones incorrectas, en presencia de información adecuada.

El diccionario de la Real Academia define “ambiguo”, como “lo que no puede entenderse, lo que puede entenderse de varios modos, admitir distintas interpretaciones y dar, por consiguiente, incertidumbre o confusión”.

Imaginemos, por ejemplo, en el pasado, cuando no existía la regulación que obligara a las instituciones financieras a presentar de forma comparable las características de un crédito a una persona tratando de decidir cuál es el que más le conviene: en un caso, únicamente se le presenta la tasa de interés que le será cobrada, pero no se desglosa con puntualidad la información relativa a los costos de apertura del crédito.

En otro caso, la empresa financiera le presenta también la tasa de interés, pero expresa los gastos de apertura como un monto fijo, independiente del crédito contratado. En un tercer caso, las comisiones no son explícitas. Esa ambigüedad y asimetrías en la información de las alternativas dificultaban la posibilidad de conocer claramente cuánto terminaría pagando en total por el mismo crédito, llevando a tomar, casi siempre, una decisión equivocada.

Hoy, la regulación en México obliga a que existan mecanismos de comparabilidad que posibiliten al consumidor de productos y servicios financieros, sin ambigüedad, comparar las características de los créditos.

Sin embargo, en muchos casos, la ambigüedad, más que presentarse en la información, se presenta en la percepción que tiene la persona que analiza la información disponible; por ende, en la forma en la que la interpreta para tomar la decisión.

En el estudio “Bounded Rationality, Ambiguity, and Choice”, de Mahmoudi y Pingle, publicado recientemente en el Journal of Behavioral and Experimental Economics, se trató de analizar: a) cómo se toman las decisiones bajo completa ambigüedad, en las que no existe información probabilística disponible, que permita conocer los resultados probables de una u otra alternativa; b) cómo se decide cuando no hay ambigüedad en la información, y c) cómo se decide en casos en los que, aun con información precisa, las limitaciones de la racionalidad en la decisión, llevan a actuar como si existiera ambigüedad de información.

En muchos casos, las limitaciones cognitivas —no sólo referidas al conocimiento, sino a la capacidad para procesar la información— generan ambigüedad aun cuando los datos estén ahí para ser analizados e interpretados y de ellos sea posible comprender qué alternativas son mejores o más probables.

En muchos casos, las deficiencias de la capacidad de análisis o una aversión inicial a cierto tipo de información, por ejemplo, matemática, inhiben o limitan la capacidad para entender la información, generando patrones de ambigüedad aun cuando ésta no exista.

Cuando se trata de información compleja, cuyo análisis requiere de un análisis puntual y metódico, para muchas personas ese esfuerzo es rechazado de inicio, lo que conlleva a una percepción de ambigüedad y consecuentemente a una decisión inadecuada para sus propios intereses.

De ahí la importancia, no sólo de tener información precisa de manera objetiva, sino de contar con habilidades, capacidad y, sobre todo, disposición para analizar la información que puede resultar compleja, pero que está presente para ayudarnos a tomar decisiones financieras que resulten en nuestro mejor interés y el de nuestras familias en el largo plazo.

El autor es politólogo, mercadólogo, especialista en economía conductual y director general de Mexicana de Becas, Fondo de Ahorro Educativo.  Síguelo en Twitter: @martinezsolares

Raúl Martínez Solares

CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo

Economía Conductual

El autor es politólogo, mercadólogo, financiero, especialista en economía conductual y profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo.

Síguelo en Twitter: @martinezsolares