Durante la pandemia, hemos transitado por diferentes estadíos no sólo emocionales, sino también adaptativos de qué actividades, prácticas y usos hacíamos de todo lo relacionado a nuestra alimentación.

Es un hecho, que aun dependiendo del “grado” de adherencia, acatamiento de las normas o de la vigilancia que individualmente cada uno de nosotros hacemos en nuestros hábitos de consumo, de cualquier manera el margen de maniobra individual queda supeditado a cuestiones sociales. Por ejemplo, por más que una persona no crea que existe el Covid-19, es un hecho que no puede ir a comerse un hotdog en un estadio repleto, por más elecciones individuales que haga durante esta época.

Sin embargo, hemos observado que la percepción del riesgo de contraer Covid-19, y su relación con las prácticas de alimentación ha ido mutando a través de los meses, desde marzo hasta la fecha. De esta manera, tenemos por ejemplo a la persona que al inicio de la pandemia desinfectaba cualquier objeto o producto que entrara a su casa, y que a estas alturas de la pandemia, es capaz de organizar una reunión de más de 10 personas en su casa. De la misma manera, podríamos tener el caso de una persona que al inicio de la pandemia haya sido de los primeros casos de contagios en México, y que ahora, al sobrevivir a la enfermedad, siente una inmunidad tal que intenta hacer actividades de su vida anterior al Covid-19, pero cree fervientemente que puede ser infectado por la comida.

Estas contradicciones, demuestran evidentemente no sólo lo contradictorios que somos como seres humanos. Encierran de manera subyacente también un aprendizaje sobre los factores ambientales que hacen que percibamos el riesgo de manera diferente, aunque el riesgo de ser contagiado de Covid-19 sea objetivo mientras no exista una vacuna.

La percepción del riesgo es, pues, un asunto que va más allá de la racionalidad. Interviene evidentemente el bagaje cultural de la persona, pero también las condiciones históricas y sociales. Así, por ejemplo, no es la misma percepción de riesgo que se tiene de ser contagiado al principio de la pandemia, que después de varios meses de confinamiento. Probablemente esta percepción es lo que hizo que durante el verano se bajara la guardia en Europa, al grado tal que el confinamiento ha dejado más incertidumbres a los ciudadanos.

A veces, incluso, no es percepción del riesgo el factor más importante que influye en las prácticas alimenticias alrededor del Covid -19. El estrés emocional, la adaptación a nuevos espacios, rutinas y horarios, son también algunos de los factores que influyen en la aparente contradicción de las prácticas alimenticias.

Somos testigos de cómo en un mismo país esto puede cambiar de un estado a otro en función de la reglamentación. Mientras que para algunos puede causar un shock ver locales de comida llenos en la pandemia, para otros es la reactivación de una nueva normalidad donde la economía de cientos de hogares depende de ello.  Aun dentro de una supuesta misma “comunidad” las normas explícitas sin duda inciden directamente en lo que los ciudadanos hacen o dejan de hacer. Desde esta cuestión, se desprende el debate sobre las libertades individuales que, aun en tiempos pre-covid, venía siendo el tema de alerta en diferentes escenarios globales. ¿Cómo la percepción de un riesgo colectivo influye en las prácticas de alimentación a nivel comunitario? Ese es tema de otra entrega.

@Lillie_ML

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.