No hay empresa en el mundo que soporte el trato que el gobierno le da a Petróleos Mexicanos (Pemex).

Si fuera una empresa privada, con el régimen fiscal que tiene, ya hubiera bajado la cortina hace tiempo y los números del año pasado lo demuestran.

Durante el 2011, Pemex reportó una pérdida neta de 91,500 millones de pesos; entre otras cosas, porque pagó de impuestos federales la impresionante cantidad de 876,000 millones de pesos. No ha sido posible romper la simbiosis entre el petróleo y el gasto nacional y en medio está la empresa petrolera, que sufre las consecuencias de esta indeseable zona de confort.

Desde que la demagogia presidencial nos alentó a administrar la abundancia petrolera, el Estado mexicano ha renunciado a su obligación de mantener la salud de las finanzas a través de la contribución de sus ciudadanos.

En el nombre de la riqueza petrolera se han cometido auténticos delitos del peor populismo político, como llenar de regímenes especiales, exenciones, bajas en tasas y otras pifias el sistema fiscal mexicano que sólo es capaz de conseguir 10% del Producto Interno Bruto por la vía de los ingresos tributarios.

Todo lo que el país ha dejado de recaudar por la vía deseable de los impuestos, se ha sacado del subsuelo y vendido en forma de barriles de petróleo.

Así, un producto tan escaso y no renovable como el petróleo ha servido para pagar lo mismo la creación de infraestructura del país que el gasto corriente, tan innecesario como la propaganda electoral.

Porque, hablando de propaganda, es muy sencillo que desde los partidos políticos que han arrasado con sus gobiernos la riqueza petrolera de Pemex se critique ahora la situación financiera de la empresa.

Porque los que hoy se desgarran las vestiduras en algún momento tuvieron la oportunidad de conducir las políticas energéticas de este país y desde ahí no hicieron nada más que mantener el statu quo para sus gobiernos.

Entonces, con semejante guillotina fiscal, no hay manera de que Pemex sea, per se, una empresa sana.

Porque en los resultados contables de la empresa se puede ver que su beneficio antes de intereses y de impuestos, su EBITDA, arroja un resultado positivo de más de 1,000 millones de pesos.

Lo que no significa que Pemex podría ser una empresa modelo si no tuviera al fisco ordeñándole los bolsillos. Porque también es un hecho que la paraestatal tiene muchas ineficiencias operativas.

Porque a pesar de que la mayoría de los trabajadores petroleros mexicanos son ejemplares, es también cierto que las prebendas del sindicato han generado una carga laboral totalmente innecesaria.

Pero ése también es otro de los grandes defectos de los peores años del populismo político mexicano: las concesiones a los sindicatos de hace muchos años y que, ahora, el inmovilismo político actual ha sido incapaz de eliminar.

El ejemplo más brutal de hasta dónde puede llegar una empresa si es consumida por una rémora sindical está en la afortunadamente desaparecida Luz y Fuerza del Centro, devastada por la plaga de sus propios trabajadores, que optaron por destruir su propia fuente de trabajo.

Entonces, Pemex no es ninguna empresa quebrada porque la petrolera también saca ventaja de su indivisible matrimonio con el Estado. Cuando acude a los mercados internacionales de capital y presenta sus papeles de deuda, el mercado se los arrebata porque combina una tasa de interés atractiva con todo el respaldo y el aval del gobierno mexicano, algo que ninguna otra empresa tiene disponible.

Pemex no es una empresa sana, de eso no tengo la más mínima duda. Una petrolera con esa carga tributaria y con ese sindicato no puede ser envidia de nadie, pero también es un hecho que la paraestatal tiene el aval total del gobierno mexicano, por lo que es imposible que quiebre sin que, primero, lo haga el país.

Lo que le urge a empresa más grande de México es que empiece un proceso de reha­bilitación de su codependencia gubernamental, si es que aspira a ser algo más que un mediocre proveedor del gasto.

El problema es que en este país el éxito no se premia, sino que se castiga recargando las ineficiencias de los demás sobre sus espaldas. Eso le pasó a Pemex hace muchos años.

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