Cuando la Junta de Gobierno del Banco de México publicó en su decisión de política monetaria de la semana pasada aquello de que era fundamental mantener un marco macroeconómico sólido, incluyendo ajustes en Petróleos Mexicanos (Pemex), es porque tenía los pelos del recorte y los cambios en la mano.

Ahora, el hecho de que se hayan enterado los banqueros centrales, de voz de sus compañeros de la junta, funcionarios de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, de los planes del gobierno federal, no le quita mérito al gobernador Agustín Carstens de insistir, desde hace tiempo, de la necesidad de no exponer al país a través de un manejo irresponsable de las finanzas públicas.

Hoy, que México ya tiene problemas propios, derivados del aumento de la percepción de riesgo, ya no había más remedio que mandar señales.

Pemex ya no es lo que solía ser antes, entre otras cosas, porque el petróleo está muy castigado en sus precios.

Pero más allá de esta verdad tan evidente, la realidad es que la empresa petrolera no tuvo una preparación suficiente para enfrentar este momento tan complejo, de ya no ser un monopolio en muchas actividades del sector energético y de enfrentar el derrumbe actual de los precios del petróleo.

Una empresa petrolera responsable habría tomado una parte importante de sus ingresos para reservar recursos para estos tiempos de bajos ingresos.

Una compañía con mala planeación habría dilapidado sus recursos en cualquier cantidad de gastos insostenibles para un momento de baja en los precios como el actual. Pero Pemex fue un caso más allá de la simple dilapidación de las ganancias de los tiempos de las vacas gordas.

Esta empresa productiva del Estado era, hasta hace poco, en el organigrama, una paraestatal que no era otra cosa que el pozo de agua, la fuente de los recursos, para el presupuesto federal.

Fue tan irresponsable recargar el gasto público del país en el petróleo, como arrebatarle 70% de sus ingresos, al tiempo que la clase política permitía el dispendio, la corrupción y las prebendas sindicales.

A Pemex deben quitarle la soga fiscal del cuello, pero no hay manera de tratarla como una verdadera empresa mientras no se cubra el faltante de ese ingreso por otra vía.

Por lo pronto, hay que mejorar las finanzas de la empresa petrolera y hay que mejorar la relación de los directivos de la petrolera con la autoridad fiscal. De ahí los cambios.

Asimismo, Pemex no está lista para tener esa independencia empresarial que se creyeron sus anteriores directivos. Las razones financieras son suficientes: la dependencia de los ingresos fiscales de ese dinero que da el petróleo y porque toda esa enorme deuda que hoy arrastra Pemex tiene como aval absoluto al gobierno federal.

Hasta los pisos altos de la torre de Pemex llega un nuevo director con varias virtudes. La primera, su habilidad financiera para recomponer las finanzas rotas de una institución de gran tamaño. Y la segunda es que goza de la total confianza de los personajes clave del gobierno de Peña Nieto.

Además, urge mandar los mensajes concretos de disciplina fiscal tanto en Pemex como en las finanzas públicas. Antes de que le demos carta de naturalización a la crisis financiera, que hoy podemos decir que es totalmente importada.