Primero fueron Fox y Lula. Luego Calderón y de nuevo Lula. Ahora, Peña y Rousseff. Los mandatarios actuales hablan del tercer acuerdo en una década.

¿Podrán Pemex y Petrobras celebrar un matrimonio de conveniencia que sí funcione? El gigante brasileño y la giganta mexicana llevan años en una danza del cortejo que ha sido estéril. En marzo del 2005 firmaron un acuerdo de colaboración y en agosto del 2007 rubricaron una ampliación del tratado anterior. Los resultados de ambos convenios fueron invisibles, intangibles; quizá indoloros, ciertamente improductivos.

Primero fueron Vicente Fox y Lula da Silva. Luego Felipe Calderón y Lula da Silva. Ahora toca el turno a Enrique Peña y Dilma Rousseff. Los mandatarios actuales renuevan el ritual y hablan del tercer acuerdo en una década. Los mandatarios no ofrecieron detalles ni explicaciones. Tampoco hubo preguntas embarazosas: ¿qué pasó con los acuerdos anteriores?

Si los documentos firmados en el 2005 y el 2007 hubieran cumplido sus propósitos, hoy tendríamos intercambio de expertos; investigación conjunta en materia de refinería, abasto y petroquímica. Habría trabajos binacionales para el desarrollo de la calidad de combustibles, eficiencia energética y el impulso de cadenas productivas.

No ha pasado casi nada. Pemex no tiene presencia en Brasil. Petrobras sólo cuenta con un contrato de servicios múltiples en México para la explotación del bloque gasero Cuervito, en la Cuenca de Burgos. Comenzó en el 2004 y tiene una vigencia de 15 años, está asociada con la japonesa Teikoku Oil y con la mexicana D&S Petroleum. Hay muchas razones por las que no ha pasado nada. La principal es que la supuesta complementariedad entre Pemex y Petrobras no es tan real, una vez que se revisan los detalles. México necesita capital y expertisse para desarrollar nuevos campos en aguas profundas. Brasil tiene el conocimiento y los recursos, pero no está interesado en participar en México.

Primero porque en su propio territorio hay muchos campos por descubrir y explotar. Segundo, porque hay varios países que ofrecen mejores condiciones que México. Petrobras ni siquiera ha comprado las bases de licitación para participar en los contratos integrales que Pemex ha abierto a la inversión privada.

Otro tema en el que la supuesta complementariedad es difícil es en el desarrollo de recursos humanos. Brasil ha tenido un enorme avance en esa materia; México está estancado. Petrobras tiene una universidad con prestigio ascendente. Pemex, un sindicato que es un lastre para formar capital humano.

México deberá ordenar Pemex antes de pensar en una alianza con Petrobras, dice Raúl Martínez Ostos, director de Barclays en México. Ordenar es una palabra que adquiere dimensiones casi infinitas cuando se trata de Pemex. Frente al caos de la paraestatal, hay más de una docena de tareas hercúleas: mejorar el Gobierno Corporativo, sanear la relación con Hacienda; replantear el papel del sindicato; combatir de fondo la corrupción...

¿Podrán Peña Nieto y Rousseff romper el maleficio de los contratos que no sirvieron para nada? La respuesta a esta cuestión depende del desenlace de la reforma energética. Si esta pasa la aduana legislativa, el acuerdo con Brasil puede ser un catalizador de otros cambios profundos en Pemex. Sin reforma, el tercer acuerdo entre Pemex y Petrobras será letra muerta. La foto de Peña con Rousseff una imagen de revista social, sin impacto en la mayor empresa de México.

lmgonzalez@eleconomista.com.mx