Me parece que en el centro de las razones que explican el contundente triunfo de López Obrador y lo que debe de buscar el nuevo gobierno es renunciar a los dogmas del discurso de liberalización económica. Hace tiempo que el objetivo de las nuevas políticas industriales no es apoyar a las empresas para que crezcan y generen empleo, fortalecer sus ventajas comparativas y generar otras nuevas, sino abrir los mercados nacionales, como meta y no como mero instrumento, con la esperanza de que eventualmente eso arregle nuestros problemas de productividad.

Lo mismo sucede en otras áreas. Parte de ese discurso nos hizo creer que no queremos un sistema financiero que preste para generar desarrollo, sino uno que no ponga en riesgo la estabilidad financiera y que genere altas ganancias. Le dijimos que no a un mercado laboral que ofrezca seguridad al trabajador, a cambio de uno que abarate el factor trabajo sobre el resto de los factores. Nos alejamos de un sistema de salud que mejore la calidad de vida de las personas y les ofrezca protección, por uno en el que las personas de menores ingresos tengan una cobertura mínima y solamente los que puedan pagar tengan una atención amplia. Me robaré una idea del economista Antón Costas: venimos de una visión libertaria, no sólo del papel de la economía sino del propio papel del estado en la sociedad. Esta visión es lo que paradójicamente hace que el mercado no funcione, que con ello se generen monopolios y la riqueza se concentre.

Las ideas libertarias defienden el concepto de que siempre es deseable la menor intervención estatal posible, ya que deteriora las decisiones de las personas y las empresas, lo que a la larga perjudica a la sociedad. No considera que existen instituciones, dotaciones de recursos y posiciones privilegiadas en términos de información que no solamente favorece a una minoría sobre los demás, sino que impide, sin correcciones estatales, que se desarrollen procesos adecuados de innovación, formación de capital humano, inclusión financiera, incremento de la productividad y, al final, de crecimiento.

Tenemos que regresar a los objetivos correctos para poder diseñar las políticas adecuadas, claro, sujetos a las restricciones pertinentes. Se debe partir del hecho de que no tenemos que renunciar a todas las intervenciones estatales diseñadas para reducir las desigualdades de ingreso y las fallas de mercado para aspirar al crecimiento. Por el contrario, el bajo crecimiento del país se debe, entre otras cosas, a que las distorsiones que existen en la realidad impiden que las personas puedan emprender, educarse para ser productivas, ahorrar para su retiro e invertir en el capital humano de sus hijos.

Me parece que nadie ha argumentado de mejor manera sobre las ideas igualitarias en el tema de desarrollo como el economista y filósofo Amartya Sen. Su idea central es que la libertad económica y de vida solo se concreta cuando el nivel de desarrollo de una comunidad le permite a un individuo en realidad elegir. Solamente cuando una persona está dotada de capacidades, puede entonces efectivamente hacer realidad los derechos de los que goza de manera teórica. Eso, también tomado de las ideas de Costas, implica la construcción de un nuevo pacto social que se proponga reducir las enormes desigualdades de nuestra sociedad, pero también que sirva, junto con el sector privado, para detonar los sectores y las actividades que son estrategias para que la economía crezca de una forma en la que todos los miembros de la sociedad compartan el avance.

Vidal Llerenas Morales

Político

Columna invitada

Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York.