1. El nacimiento

María de la Soledad Leona Camila Vicario Fernández de San Salvador – que así de largo se llamaba- nació en la ciudad de México, cuando todavía se llamaba Nueva España, el 10 de abril de 1789. Hija única del segundo matrimonio de don Gaspar Martín Vicario, español oriundo de Castilla la Vieja, y de María Camila Fernández de San Salvador, una joven de ilustre familia toluqueña, cuyos hermanos fueron importantes abogados, con muy importantes puestos dentro del gobierno virreinal y furibundos activistas en contra de los insurgentes y el movimiento de Independencia.

Al quedar huérfana de ambos padres a los18 años, con una herencia considerable, inteligencia feroz y muy buena pluma, conoció al joven estudiante de derecho Andrés Quintana Roo, y allí cambió todo. Leona se comprometió con él comenzó a escribir en los periódicos que éste editaba a favor de la Independencia. Empeñó su cuantiosa fortuna para mandar insumos, provisiones y recados a los jefes insurgentes, advertir de las maniobras que el gobierno planeaba contra ellos y concientizar, a quien quisiera oírla, sobre la urgencia de luchar por un pueblo libre.

Testigo presencial del nacimiento de México, la derrota de dos imperios, el surgimiento de la República y cómo la nación se ponía a la venta y empezaba a cortarse en pedacitos, Leona, apenas el año pasado, fue reconocida cabalmente como heroína de la revolución insurgente. Todo ello por no mencionar, lector querido, que es la primera mujer registrada que vivió sola en su propio apartamento, parió a su primera hija en una cueva, resistió los interrogatorios de la Inquisición, fue perseguida y aprehendida, escapó de su encierro, fue nombrada dos veces Benemérita madre de la patria, se enfrentó por escrito a Lucas Alamán y el amor de su vida le duró toda la vida.

Parecería que además de su tío y padrino de bautizo, don Agustín Pomposo resultó ser atinado vidente al elegir el nombre con que todos nombrarían a la recién nacida: el lema de la vida de Leona Vicario, consignado en sus papeles y desde su puño y letra, decía: “Me llamo Leona y quiero vivir libre como una fiera”

2. La muerte

Cuentan las crónicas  que el día de su asesinato, el “Atila del Sur”, general Emiliano Zapata, ensilló a su caballo alazán, de nombre “As de Oros” con la montura que le había regalado  el coronel Jesús Guajardo, el mismo que por órdenes del carrancista Pablo González le había fingido rendimiento para después traicionarlo. Y que, Zapata, con su habitual prestancia de jinete, cabalgó sin saberlo hasta las mismas puertas de la muerte. Era el 10 de abril de 1919.

Nacido en San Miguel Anenecuilco, municipio de Villa Ayala, Morelos, en agosto de 1879, Emiliano Zapata fue hijo de Gabriel Zapata y Cleofás Salazar, el noveno de diez hermanos. Su familia era de origen campesino respetada y conocida en la región, no sólo por el trabajo agrícola sino por sus intervenciones políticas: el abuelo materno de Emiliano combatió en la lucha por la Independencia a favor de los insurgentes; dos de sus parientes cercanos pelearon en la Guerra de Reforma y contra la Intervención Francesa y su tío, José Zapata, fue el dignatario principal de Anenecuilco hacia 1870.

No es extraño, pues, que Zapata se involucrara en los problemas de la región y organizara juntas de campesinos, desde 1906, para “discutir la forma de defender las tierras del pueblo contra los hacendados vecinos”. La reunión efectuada en Cuautla fue considerada como su primera participación política formal. Después, fue nombrado Presidente de la Junta de la Defensa de las Tierras perfilándose ya como líder de los campesinos, jefe ideológico y, muy pronto, general del ejército suriano. El 25 de noviembre de 1911, promulgó el Plan de Ayala. En este documento fundacional desconocía al gobierno de Madero, exigía la redención de la raza indígena, la repartición de latifundios y postulaba que la lucha armada era el único medio para obtener justicia.

A la muerte de Madero, Zapata estuvo en contra del gobierno del usurpador Victoriano Huerta, en la lucha junto a las facciones constitucionalistas y convencionistas hasta que Carranza se lanzó en su contra. Desde 1915, hasta la derrota de Villa, varios intentaron cazarlo para acabar con él.

Fue el general Jesús Guajardo, insidioso cual serpiente, quien hizo creer a Zapata que estaba descontento con Carranza y acordó la reunión en la Hacienda Chinameca. Al cruzar el dintel, un ordenanza, tocó con su clarín la llamada a honores. Aquella fue la señal para que los tiradores, escondidos en las azoteas, abrieran fuego contra Zapata, que dicen alcanzó a sacar su pistola y le fue tumbada de un balazo. El caudillo del sur también cayó para no levantarse más.

Federico Gamboa, cinco días después, escribió en su Diario una predicción que todavía hoy, es innegable realidad: “Zapata, con el tiempo y a pesar de todo, se domiciliará a perpetuidad en la historia y la leyenda nacional”. Muy cierto.

Tanto, como la frase más conocida del caudillo: “Más vale morir de pie que vivir de rodillas.