El llamado mes de la patria, en el que inicia y se consuma el movimiento de Independencia

Sabrá Dios por qué nos tocó septiembre de mes patrio. No es tan soleado como julio ni tan airoso como febrero. No tiene la bella luna de octubre, ni las deslumbrantes fiestas de diciembre. Es como la deslavada versión de un verano que todavía no acaba y la promesa de un otoño que no llega. Igual y porque se antoja más bien gris, los episodios relevantes de nuestra historia patria ocurrieron en el tiempo exacto para pintar todo de verde, blanco y rojo. Parece que el universo parece haberse confabulado para que México, en septiembre, pueda festejar o denostar —cada quien con su conciencia— a sus héroes y sus hazañas cada día. Pero todavía no pasan ni cinco días, lector querido, así que habrá que recapitular pronto por si sobreviene la desilusión o el desastre.

Lo primero es lo primero: septiembre sigue siendo el mes de la patria. Todavía, porque en este mes se celebra el inicio y la consumación de la Independencia (en 1810 y 1821, respectivamente). Y porque en el debatido laberinto de la historia nacional, no hay otro mes como septiembre. No sólo por sus gritos—el de independencia, el de libertad, el que anunciaba el principio de todas las batallas— también porque parece que en sus 30 días caben los asuntos más culminantes del devenir de México (y algunos de los más ínfimos también).

Desde el día uno de este mes la cosa se pone interesante: en casi todos los calendarios estuvo marcada tal fecha como el día del informe y la inauguración del inicio de un nuevo periodo de sesiones ordinarias del Congreso de la Unión. El día 7 (pero de 1520) coronaron a Cuitláhuac, último emperador azteca, y el día 8 es variopinto: nació Jaime Nunó, inspirado compositor que ganó el concurso convocado por Santa Anna para ponerle música al Himno Nacional. También fue un 8 de septiembre cuando nació en Valladolid (hoy Morelia) Josefa Ortiz Girón, mejor conocida como la corregidora, Josefa Ortiz de Domínguez, y José María Pino Suárez, vicepresidente durante la gestión de Madero y mártir de la Revolución Mexicana. (Sin embargo, no todos los hechos de aquel día fueron una gloria, también fue un 8 de septiembre cuando murió de tifo Ignacio Zaragoza de 33 años recién cumplidos, nada más tres meses y tres días después de su batalla más heroica y sin saber que aquel 5 de mayo se perpetuaría en las más gringas y equívocas fiestas).

En aquella misma semana —del 8 al 15 de septiembre— doña Josefa utilizó el tacón de su zapato para pegar en el piso de su cuarto y avisar —¿en clave Morse?— que la conspiración para la Independencia había sido descubierta; también se fundó el periódico El Imparcial y los mártires de San Patricio dieron su vida por una patria que no era la suya (era la nuestra). El 13 de septiembre —antes de la fecha culminante— se conmemora el aniversario del sacrificio de los Niños Héroes. Una batalla heroica donde sólo quedaba entre el ejército invasor norteamericano y la capital, el cerro de Chapultepec, en cuya cumbre estaba el Colegio Militar. Dicen que llegar hasta ahí para el ejército invasor fue pan comido y que las divisiones de Worth, Quitman y Pillow —generales rubios, ambiciosos y bien comidos— enfrentaron a una pequeña guarnición de soldados y cadetes con sólo cuatro cañones y cuyas edades oscilaban entre los 14 y 18 años. (La historia oficial —otra vez la nostalgia por el libro de texto— recuerda en particular a seis de ellos y oculta mucho mejor la referencia de que en las filas mexicanas hubo en total más de 250 muertos y heridos, mientras que las bajas del ejército invasor se contaron en 130).

Cronológicamente después de los niños vienen los héroes, el descubrimiento de los conspiradores insurgentes, el grito de Miguel Hidalgo, la festividad en pleno. Cuentan libros, crónicas y periódicos que la primera vez que se celebró oficialmente el grito de Independencia fue el 16 de septiembre de 1812, todavía en plena lucha libertaria. Al año siguiente, José María Morelos y Pavón —no por nada el siervo de la patria— incluyó en su documento Sentimientos de la Nación, que la conmemoración de la Independencia debía siempre realizarse el 16 de septiembre y así se hizo durante mucho tiempo. ( Sepa usté, lector querido, que el primer presidente que tocó la campana para celebrar el grito fue Guadalupe Victoria el 16 de septiembre de 1827, y más tarde, Antonio López de Santa Anna —alias el Quinceuñas entre sus detractores— decidió torcerlo todo y trasladar la fiesta al 15 de septiembre. Desde entonces, llueve, truene o mal rayo nos parta, cada presidente, en punto de las 11 de la noche del día 15 de septiembre, grita e inicia oficialmente la celebración).

Otros símbolos patrios también nacieron en septiembre: la campana, el grito y la bandera tricolor. También delicias nacionales: es bien sabido que después de firmados los Tratados de Córdoba que reconocían la Independencia, el general Agustín de Iturbide, pasó por varios pueblos y ciudades y cuando se detuvo en Puebla, un grupo de monjas agustinas quiso también celebrar el triunfo de la patria preparándole un platillo que fuera original, delicioso y con los colores de la bandera del Ejército Trigarante. Se les ocurrió hacer un chile poblano relleno, bañado en una salsa de nuez blanca, adornado con semillas de granada roja y verdes hojas de perejil. Ya lo adivinó: los tradicionales chiles en nogada.

Este mes cierra celebrando el cumpleaños de José María Morelos y Pavón y muchas efemérides en este recuento faltan todavía: un 17 de septiembre se inauguró el Museo Nacional de Antropología e Historia, era 14 de septiembre cuando se erigió el estado de Chiapas y un 15 de septiembre cuando se cantó por primera vez el Himno Nacional en el teatro más hermoso de esta ciudad antes repleta de palacios.

Pero para terminar consejos prácticos para septiembre: para la diversión, trompetas y banderitas; elotes y elotazos según la emoción reinante; sombreros y rebozos de vestimenta, si quiere; para la tripa, pozole, tacos y enchiladas; para el alma, un mole, un tequila o mezcal, si lo prefiere. Para el patriotismo una buena reflexión para no caer en lo patriotero.

Por lo demás no se agobie y transite septiembre en felicidad y calma. Lo único grave y verdadero sería no darse cuenta de que la más importante lección de la historia es que nadie aprende sus lecciones. (Y que a lo mejor éste es el mes indicado para empezar).