A ti te toca ser la oposición, me decía un profesor hace ya más de 20 años, en un ejercicio de debate. Y ni modo, yo tenía que ponerme los guantes de boxear para noquear a mi contendiente. Incluso me preparaba para sentir enojo y transmitirlo. La dinámica era la siguiente: se elegía un planteamiento, digamos, “las drogas deben legalizarse” y al azar elegían al defensor y al opositor. Era un ejercicio intelectual interesante pues había que estar preparado tanto para convencer de que la fumadera era la felicidad como para demostrar que las drogas destruyen.

El opositor lo era a priori, su papel era asignado antes de que el defensor siquiera abriera la boca y tenía que sostenerse a toda costa, pues el objetivo era golpear al otro y seducir al público. Eso de tiene usted razón, me hace pensar… no, eso era de señoritos elegantes pero perdedores. Ahí había que destruir sin tocarse el corazón.

He pensado mucho en ello ahora que veo la formación de frentes de oposición con periodistas vigilantes y ciudadanos enojados, militantes de partido y tuiteros expertos. Y es que me parece que hay una confusión preocupante entre la crítica, el reclamo, la exigencia y la oposición. Esta confusión trasciende las palabras y nos conduce a un juego de suma cero, a una sociedad democráticamente inmadura y a un poder autoritario que desconfía y descalifica a los ciudadanos que reclaman.  A ver. La oposición, como en esos juegos intelectuales universitarios, lo es a priori, porque busca sustituir al partido en el gobierno, a la idea gubernamental vigente y llevarse a sí misma -o a su idea- al poder. Es lo normal, es sano y es inevitable. Ser de oposición es tener una idea preconcebida y articulada de cómo funcionan mejor las cosas con otros grupos en el poder.

Por eso es un error meter en el mismo saco a la oposición, a la crítica y a los reclamos. Una sociedad madura es una sociedad crítica, exigente, celosamente vigilante de su confianza hacia los gobiernos, no una sociedad vociferadora creyente de que su deber cívico es ser oposición. Porque, otra vez, ser oposición es subirse a la lucha contra un régimen. Es válido y puede ser heroico, siempre y cuando sea en el espacio que le es propio: el de la militancia en nuevos, viejos, legales o proscritos partidos conservadores, revolucionarios, de ultraderecha o radicales de izquierda.

Pongamos las cosas claras, sobre todo para el Presidente y su corifeo. Criticar la torturadora desinformación del gobierno federal en materia de coronavirus, pedir explicaciones al subsecretario, cuestionar el símbolo del rostro descubierto en el titular del ejecutivo y reclamar por la irracionalidad económica del Tren Maya, desde las trincheras de los medios o desde un automóvil en una manifestación, son acciones que provienen de un caldo mucho más amplio que el de la oposición. Lo tienen que entender, primero, las personas en el poder que usan lo del adversariato como excusa; segundo, los militantes de oposición que sienten que su club se ensancha, y tercero, los involucrados.

Ser anti no es rentable a largo plazo en democracia. Ser antiAMLO es regresar a la infantil idea de que la sustitución de personas malas por buenas, deshonestas por honestas, tontas por listas, arregla los problemas de gobierno.

Y no. Lo rentable a largo plazo es ser inflexible y exigente, crítico e incluso demoledor con acciones de gobierno mal comunicadas, decisiones ridículas y medidas irracionales. Esas son las que sí deben cambiar.

Ivabelle Arroyo

Politóloga

La Sopa

Ivabelle Arroyo Ulloa es politóloga y analista, con 24 años de trayectoria periodística. Es jurado del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en México. Dirige una revista digital sobre política capitalina y escribe para medios jaliscienses.