La multiplicación de pantallas desde las que se proyectan imágenes y sonidos se ha convertido en un hecho cotidiano. A las pantallas personales que miramos una o cien veces al día, en el celular, la computadora o la televisión, se añaden otras que, ajenas a nuestra voluntad, irrumpen en nuestro espacio visual en calles o espacios cerrados y nos imponen imágenes inconexas y, en medios de transporte, ruido continuo.

Cuando miramos el celular, la computadora, la televisión, en principio lo hacemos por decisión propia. Buscamos información, nos comunicamos con otras personas, plasmamos ideas o nos entretenemos. Lo que vemos o dejamos de ver depende, en gran medida, de nuestro gusto, interés o necesidad. Habrá quien sea adicto al celular y lo use más de la cuenta, pero no por ello pierde la capacidad de decidir qué quiere o no ver u oír.

La proliferación de anuncios luminosos y monitores de televisión en el espacio público, en cambio, impone mensajes publicitarios, imágenes sin contexto —atractivas u ofensivas— y, con frecuencia, en espacios cerrados como el metro, el metrobús o el autobús, ruido inescapable. Las pantallas se han vuelto tan omnipresentes que parecieran parte natural del paisaje urbano. De hecho, son vehículos para la intromisión institucional o comercial, de por sí excesiva en la Ciudad de México. En este sentido son un signo más de la tendencia a privatizar y comodificar el espacio público.

Si ya la falta de regulación de la publicidad en las calles contribuye a la contaminación visual y a la distorsionada visión de la ciudadanía como público consumidor; la falta de sentido cívico de quienes concesionan las pantallas en los medios de transporte no sólo añade molestias a las ya deficientes condiciones de viaje, también permite la imposición de contenidos contrarios al concepto de servicio público, que incluso minan políticas gubernamentales como la promoción de la igualdad.

Veamos los televisores que cuelgan en los pasillos del metro, ¿informan sobre los frecuentes retrasos en las líneas? No. ¿Dan información útil sobre la ciudad? No. Las más de las veces proyectan videos musicales de bandas nacionales o extranjeras en que las mujeres, rara vez protagonistas, aparecen como objetos de deseo, muñecas o contorsionistas sin gracia. La música no suele oírse, para fortuna de nuestros ya machacados oídos y extrañamiento de nuestro cerebro para el cual resulta absurdo proyectar figuras cuyo movimiento responde a una fuente inaccesible.

En el Metrobús, donde las aglomeraciones son frecuentes y el espacio más estrecho, la situación es casi peor. En sus monitores aparecen cápsulas sobre ciencia, paisajes que invitan a conocer el país e información útil sobre personas desaparecidas o sobre el transporte. Son más frecuentes, y se presentan en la misma secuencia, datos sueltos e inútiles sobre “famosos”, y videos musicales, anuncios publicitarios, consejos de belleza o cocina que replican la publicidad sexista común en la televisión comercial. Durante la campaña electoral, el metrobús fue permisivo escaparate de publicidad electoral ajena a la regulación del INE.

La omnipresencia de las pantallas en estos ámbitos no es inevitable, menos todavía su contribución a la degradación del espacio común. Si a las autoridades les resulta inimaginable prescindir de televisores en el espacio público o, más bien, si el interés económico ahoga su sentido común y cívico, deben al menos regular las formas de uso y los contenidos. En medios de transporte tan deficientes y sobrecargados, no hacen falta más fuentes de contaminación auditiva y visual. En una ciudad donde desaparecen niñas y mujeres y la violencia de género afecta a la mayoría de éstas, es intolerable que las propias autoridades permitan y fomenten el sexismo tanto en espectaculares que vemos de paso como en pantallas concesionadas en lugares cerrados que nos convierten en público cautivo. El sentido de lo público, tan erosionado ya en nuestra ciudad, la utilidad pública, es lo único que puede justificar la permanencia de esas pantallas invasivas.

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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