Estamos frente a una terrible pandemia que detonó una gran crisis económica, colocando al mundo ante una grave dicotomía entre salud y economía. Salvo una salida darwiniana de selección natural, primero debe ser la salud a pesar del costo económico en el corto plazo. Si no se actúa a tiempo, los efectos en salud agravarán la crisis económica por lo que se debe actuar de manera rápida y efectiva. En 1918 hubo la pandemia llamada gripe española que costó 50 millones de vidas. La lección recibida desde entonces es que se debe aplanar la curva de infecciones en el tiempo, para que el sistema de salud pueda atender los casos emergentes y salvar más vidas. Las regiones que actúan de manera ágil y temprana aislando poblaciones salen mejor libradas, como estamos viendo en Corea del Sur y China. A pesar de la evidencia, la 4T actuó tardíamente pues no impidió con antelación eventos y mítines. Esperar a que el número de contagios fuera mayor para facilitar las pruebas de infección escapa a toda racionalidad y levanta sospechas de falta de transparencia y manipulación.

Italia y España toman hoy decisiones terribles sacrificando a los más viejos. Estados Unidos se convierte en el epicentro del virus. México tiene serias limitaciones en su sistema de salud. Las autoridades en la materia se han preocupado más por defender la economía que por reducir contagios. En economía y fianzas las autoridades han demorado en implementar medidas, salvo por medidas del Banco de México para aumentar la liquidez al sistema y la CNBV para diferir el pago de deudas. La pandemia detonó una crisis económica global mayúscula por el excesivo endeudamiento de empresas y consumidores, los cuales no pueden pagar deudas ni realizar gastos corrientes por la caída de la actividad económica. Turismo, transporte, restaurantes, bares, cines y teatros, donde se dan aglomeraciones, han debido cerrar con efectos dañinos sobre el resto de la economía.

La respuesta a la crisis económica debería ser dar subsidios al empleo para las empresas de todo tamaño, pero sobre todo a las micro y pequeñas, y transferir recursos a la población de menores recursos para sortear la crisis. El déficit público aumentará, por lo que se deberá priorizar el rescate económico y abandonar obras faraónicas como Dos Bocas y Santa Lucía, y habrá que renunciar urgentemente a la fobia irracional contra la inversión privada.