Para mi gusto, el mayor avance que hemos tenido como país en los últimos 40 años (yo tengo 39) ha sido la transición lenta pero segura hacia un país de leyes.

Estar instalados en un país de leyes no quiere decir que todas las leyes son perfectas ni que se cumplen todo el tiempo ni que garantizan que todo mundo esté contento con el resultado.

Lo que sí quiere decir es que cualquier acusación, controversia, nueva propuesta, reclamo social, empresarial, sindical o político tienen que procesarse en el marco de las leyes. Quiere decir que las autoridades tienen que seguir un proceso legal cuando deciden interrumpirnos y que todos tenemos en la ley instrumentos para defendernos.

Hace 40 años también había mucha violencia y violación de las garantías individuales.

Los políticos y funcionarios se servían con la cuchara grande vendiendo favores y concesiones; dando subsidios y vendiendo protección a personas y sectores. Podían extorsionar, clausurar y expropiar sin mayor explicación y sin rendir cuentas. Con la misma facilidad podían dar concesiones y contratos millonarios a sus compadres, amigos y/o familiares. El fraude electoral era cosa de todos los días.

Cualquiera que viva en este país me dirá que esas cosas siguen ocurriendo todo el tiempo. Pero la gran diferencia es que hoy estamos mucho más cerca del imperio de la ley.

Si decides robarte un elección tendrás que vértelas con el Tribunal Federal Electoral; si eres policía y decides torturar a alguien, te las verás con la Comisión Nacional de Derechos Humanos; si eres Secretario de Hacienda y quieres endeudar al país, te las verás con el Banco de México y con la Comisión de Hacienda.

Si eres un banco, vendes telecomunicaciones o diriges Petróleos Mexicanos, la Comisión Federal de Electricidad o el Instituto Mexicano del Seguro Social; corres el peligro de que te caiga la Comisión Federal de Competencia, si bloqueas la competencia.

Sin duda los consumidores en México necesitamos más competencia en la televisión, en la telefonía, en los bancos y en el petróleo, pero debemos llegar ahí en el marco de la ley.

En un país de leyes no hay culpables ni inocentes sin un proceso imparcial. En un país de leyes todas las personas y empresas tienen derecho a defenderse con la ley en la mano. Incluso los culpables.

Si algo no funciona, podemos y debemos cambiar la ley, pero nunca renunciar a ella. Eso es cierto.

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