No digo nada nuevo al mencionar que de un buen sistema educativo depende, en muy buena medida, el contar con buen capital social en una comunidad. En la escuela y sistemas paralelos (universidad, centros de capacitación, posgrado) es en donde se adquieren los conocimientos, habilidades y actitudes que lograrán hacer de las personas buenos profesionistas, al mismo tiempo que se adquieren las virtudes y la conciencia cívica para ser un buen ciudadano.

Es verdad que el esfuerzo debe ir acompañado de cierta estabilidad familiar -en una familia de preferencia heterosexual y fundada en el matrimonio- sin la que el desarrollo óptimo adquirido en la escuela no puede echar raíces. Alemania logró una gran recuperación tras la Segunda Guerra Mundial (el famoso milagro económico alemán), con un programa económico de corte liberal apoyado en las habilidades para trabajar los productos industriales que no habían perdido la mayoría de los teutones tras la Guerra. Muchos autores centran ese elevado crecimiento a  dos factores: políticas económicas liberales (ahora diríamos neoliberales), acompañadas de un sistema de bienestar social auspiciado por el Estado y una regulación sólida para lograr que la competencia económica fuera el motor del desarrollo, sancionando las prácticas que la vulneraran.

En México, los docentes a todos los niveles -pero en especial en los universitarios- el nivel de habilidades que adquieren los alumnos, comparados con las que exigen los puestos de trabajo en el mercado no permiten que tales alumnos puedan obtener un sueldo digno, fundado en su capacidad productiva. Esto ocasiona pérdidas económicas y de valores sociales, al mismo tiempo que nos mantiene en un estancamiento secular. ¿Quién tiene la culpa? ¿La universidad? ¿Los docentes, los políticos educativos, la cancelación de la reforma educativa de López Obrador? Y dentro de las universidades, ¿las públicas o las privadas?

En las pruebas PISA y ENLACE suelen sacar resultados parecidos tanto las escuelas del sector público como las del privado, por lo que podemos considerar que es una falla sistémica de todo nuestro sistema educativo, y el culpable no es la nueva reforma educativa de AMLO, sino también el mediocre desempeño de las universidades y escuelas privadas, que a veces parece que también deberían ser objeto de una reforma estructural.

¿Por qué existe entonces este nivel de mediocridad en las universidades privadas? Un servidor ha impartido clases por 11 años en universidad pública y también en universidad privada, en la que me encuentro muy a  gusto.

Una amiga de mi mujer exigente en sus clases ha visto caer ya su ilusión por mejorar el sistema educativo tras innumerables boicots en su contra por el nivel de exigencia que pedía a los alumnos. Tal parece que en muchas universidades privadas los alumnos son “clientes” que hay que entretener, para no perder el dinero que representa una eventual deserción que al disminuir el grado de eficiencia terminal para los coordinadores supone merma de ingresos de la universidad privada. Y puedo asegurar que en estos casos los incentivos económicos están puestos a favor de la mediocridad: para ganar más, las universidades disminuyen la exigencia y penalizan al profesor exigente: la vida al revés. ¿Cómo termina la actitud del profesor exigente? Pues nadando de muertito, simulando calificaciones y eliminando la exigencia. Obviamente hay excepciones que salvan al sistema.

¿Resultado? Alumnos mediocres y universidades que no forman y que se convierten en negocio, en su gran mayoría, y esta es una de las profundas causas del mediocre desempeño educativo mexicano. ¿No será necesaria una reforma integral de la educación privada a todos los niveles auténticamente “estructural” en adición a la no tan acertada de AMLO para la educación pública? Por lo menos, debería meterse el tema en la agenda de la discusión de la cosa pública.