Mientras los diputados aumentaban la estimación del precio del petróleo paga gastar, el Bank of America-Merrill Lynch lanzaba el siguiente pronóstico: en algún punto en los próximos 24 meses, el precio del barril del petróleo podría bajar hasta 50 dólares.

El impacto de un huracán en septiembre del próximo año en el Golfo de México, del cual no tenemos hoy ni siquiera un nombre disponible, podría alterar los precios del petróleo.

Una nueva baja en la actividad industrial de China, un ataque israelí a instalaciones nucleares de Irán, la muerte de Hugo Chávez... En fin, son incontables las cosas que pueden suceder; además, tienen cierto grado de credibilidad y posibilidad de ocurrencia. Todo esto afectaría los precios del petróleo.

De entrada, no es buena idea usar el producto de la venta del petróleo para completar el gasto del gobierno federal. Por la dependencia fiscal de este ingreso, es inevitable que una parte de los dólares conseguidos por la venta de este producto no renovable sea destinada al gasto corriente.

O sea, un producto que tardó millones de años en formarse en el subsuelo y que costó millones de dólares extraerlo sirve para pagar las cuentas del celular de los funcionarios públicos o para llenar los tanques de gasolina de las camionetas de los diputados.

Esto es lo que la nueva administración puede considerar como una conducta inercial del presupuesto y de la historia económica de México. Pero es un hecho que tiene que haber una corrección en los años por venir para sacar mejor provecho de ese producto no renovable.

Un buen paso refrendado por este gobierno fue incluir la Ley de Ingresos la corrección en los precios de las gasolinas para que los que las quieran consumir paguen los precios reales.

Hasta ahora la cada vez más elevada apuesta del precio del petróleo ha acertado, incluso ha dejado excedentes que se gastaban de forma discrecional hasta que se reguló su utilización. Pero todo, en ese sentimiento de administrar la abundancia.

Se han creado también fórmulas matemáticas para calcular el precio máximo que puede tener la estimación del precio del petróleo en el presupuesto, pero esa valoración sólo responde a precios promedio, no a un análisis de la situación mundial.

Al mismo tiempo, la Secretaría de Hacienda contrata coberturas petroleras (al menos, sucedió hasta el sexenio pasado) para garantizar que si no se cumplía con el precio objetivo, los inversionistas que perdieran la apuesta financiera cubrirían una parte del ingreso no obtenido.

Lo cierto es que sí hay en el panorama internacional algunos focos amarillos que se deben atender. Por supuesto que la posibilidad de un huracán es una exageración ilustrativa que, además, aumentaría los precios. Pero, ¿qué hay de la recesión en Europa -que se mantendrá-? Y ¿qué decir del precipicio fiscal en Estados Unidos?

De hecho, a la par que los diputados aumentaban la estimación del precio del petróleo para gastar a manos llenas, el Bank of America-Merrill Lynch lanzaba el siguiente pronóstico: en algún punto de los próximos 24 meses, el precio del barril del petróleo puede bajar a 50 dólares.

El pronóstico se basa en dos hechos. Una desaceleración económica con posibilidades de recesión si se maneja mal el tema de la corrección fiscal necesaria y la eficacia de la industria petrolera estadounidense, que está aumentando sus niveles de producción.

Este último es, de hecho, un factor estructural que se tiene que tomar en cuenta. Los estadounidenses -sean demócratas o republicanos- están trabajando para lograr una autonomía energética y van en camino a lograrlo en un mediano plazo.

Las cifras no mienten. Todavía en el 2006, Estados Unidos importaba 31% de los energéticos que consumía. El año pasado, sólo importó el 20 del total de los combustibles de consumo interno.

Obviamente, Washington lo hace para depender menos de los países árabes; no es una dedicatoria al mercado mexicano, que es cercano y aliado. Pero, de cualquier forma, hay que tomar en cuenta la posible pérdida de participación en ese mercado. Aunque, claro, el mundo al final tiene una incontenible sed de petróleo.

Tiene que llegar la reforma fiscal prometida cuyo punto de partida sea aceptar que la recaudación tributaria de este país es muy baja y que ése es un peligro estructural para la estabilidad financiera. Con dicho reconocimiento, podrá empezar un proceso de dejar de depender del petróleo para el total del gasto público.

El día que los hidrocarburos sirvan en México para pagar la creación de infraestructura, aspiraremos no sólo a presupuestos más sanos, sino incluso a tener niveles de desarrollo muy cercanos a los de un país del primer mundo.

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