No fueron pocas las personas en Estados Unidos que dejaron ver abiertamente su gusto por la muerte del terrorista. Por fin, el Presidente de Estados Unidos cumplía la esperada venganza. Se hizo justicia, decían contundentes Obama y su gabinete.

Pero al asesinato del terrorista sobreviene una larga lista de cuestionamientos sobre su efecto práctico en la vida política y económica de este país.

Esta muerte se convirtió en un motivo para celebrar, pero no necesariamente en una razón para el optimismo.

Sin duda, las dos balas en la cabeza de Osama Bin Laden parecen acercar más a Barack Obama a la reelección presidencial, pero no todavía lo suficiente.

Es cierto que ni siquiera los republicanos pudieron hacer algo diferente que reconocer el trabajo del gobierno del Premio Nobel de la Paz para asesinar al terrorista.

Pero nada cambia en la situación económica de ese país y al final como esa maravillosa frase del sentido común lo recordó en los tiempos del demócrata Bill Clinton: es la economía, estúpido.

Más allá de la euforia inicial que llevó a las bolsas de valores a ganar, al dólar a fortalecerse o al petróleo a bajar de precio, no hay nada para garantizar que Osama muerto es sinónimo de recuperación económica. Nada.

Al contrario, ahora es cuando los estadounidenses recordarán, tras la borrachera que les deja este acto de venganza, que son vulnerables al terrorismo y que allá afuera o quizá dentro de su propio territorio, puede haber células de Al-Qaeda que recién despertaron tras la muerte del líder visible de la organización.

Los expertos han descrito a las células de este grupo terrorista como autónomas financieramente, con independencia de ejecución y con la operatividad necesaria para intentar actuar.

Hay evidencias de que Al-Qaeda funciona más como una franquicia que como un corporativo que controla sucursales. Osama Bin Laden no parecía altamente decisivo en la cadena de mando terrorista.

En todo caso, habrá que preguntarse dónde está Ayman al-Zawahri, quien parecía a estas alturas mucho más peligroso que el terrorista hoy muerto.

Hay que ver, por ejemplo, cómo funcionan los cárteles de la droga. Cuando cae un cabecilla, rápidamente se reacomodan los mandos de poder. Incluso se parten los liderazgos y se hacen dos o más grupos de poder.

Los estadounidenses sabrán que, así como su sed de venganza fue saciada, así habrá terroristas con auténtico rencor contra Occidente que buscarán lo mismo.

A muchos estadounidenses se les olvidará el triunfo de sus tropas élite sobre el mal del terrorismo cuando regresen a las gasolineras a llenar su tanque y vean que el combustible regular está igual de caro con Osama vivo o muerto.

No habrá una ola de contrataciones masiva para los millones de desempleados sólo porque la figura del terrorismo más visible y odiada por un país entero ya está muerta.

El déficit fiscal no se corregirá por haber aventado el cadáver del terrorista al mar. Ni el gobierno de Obama consiguió ya los votos republicanos suficientes por haber cumplido, casi 10 años después, con el trabajo militar pendiente.

La muerte del número uno de Al-Qaeda puede contribuir para encontrar una salida de Afganistán o incluso para cumplir con la vieja promesa presidencial de cerrar Guantánamo. Pero a la economía de poco, muy poco le sirve la muerte de un terrorista, por más que éste sea Osama Bin Laden.

La primera piedra

El sector asegurador insiste en confirmarse como el patito feo del sistema financiero mexicano.

Las aseguradoras que trabajan en México han tenido muy poco éxito en explicar la importancia de este tipo de productos para la sociedad. Además de que se han ganado una fama de incumplidos al momento de hacer frente con sus compromisos con sus clientes.

En México los productos de este sector solo representan 1.8% del Producto Interno Bruto, mientras que en Chile, que es una economía de desarrollo similar, alcanzan 3.8%, por no hablar de países como la Gran Bretaña que tienen una penetración en la cartera de seguros de 13 por ciento.

No ayuda la falta de una cultura de responsabilidad civil, pero tampoco contribuye mucho un sector que luce muy apagado en su conducción y ambiciones.