No pocos compatriotas piensan o sienten que lo somos. Meras fantasías. Veamos indicadores básicos nuestros para compararlos con los de otros países.

Éstos revelan, en general, una de dos cosas o la mezcla de ambas: se hacen esfuerzos para poner o mantener la casa en orden, o bien, se echa mano de medios heterodoxos para estimular la economía, artificiales, que a la postre resultan contraproducentes, peor el remedio que la enfermedad; se revuelve el río y la ganancia nunca beneficia a los pescadores -léase unidades productivas medias y chicas-, sino a quienes especulan.

Están de moda -qué raro, lo raro sería que no lo estuvieran- las lamentaciones y críticas por el esmirriado desempeño de México. El dedo acusador apunta al culpable universal: el Presidente y su gobierno.

Débese a dos motivos el insuficiente crecimiento: sobre todo a que en buena medida dependemos de la fortaleza o debilidad de Estados Unidos y a la eterna cantilena: por disímiles razones no se hacen los cambios de fondo que precisan para volvernos más activos y competitivos.

Esto es lo aparatoso. Fuera de control están las circunstancias globales, las reformas estarían al alcance si hubiera seriedad, consenso y pragmatismo.

En lo que no suele repararse es en que llevamos más de una década de mostrar fundamentales envidiables para la mayoría de las naciones: baja inflación (4%), déficit público respecto del PIB de 3% contra 7% de los desarrollados, deuda total del sector público 37% vis a vis 85% en la zona del euro.

Lo anterior debería pesar mucho en la calificación mexicana a nivel mundial. En efecto, ocupamos un honroso vigésimo sitio según el Instituto Elcano, de España, a la cabeza de Latinoamérica, mejor que Argentina, Brasil y Chile.

Además de que ello no es cierto y de que sería interesante conocer la metodología para elaborar el Índice Elcano, fijémonos en proporciones: a Estados Unidos se le asigna el valor 1,000, nosotros tenemos 71.5 y el segundo lugar, Alemania, 390; siguen a los germanos, en orden, Francia, Inglaterra, China, Japón y Rusia.

Dicho decoroso puesto se atribuye justo a la intensa relación comercial con el vecino del norte. Sin embargo, calificamos muy mal en ciencia, tecnología, cultura y varios aspectos sociales, como empleo, pobreza y emigración.

Queda, pues, un larguísimo camino que recorrer para mejorar la presencia e influencia de México en este planeta globalizado.

paveleyra@eleconomista.com.mx