Las campañas electorales se asemejan más a un mercado de ocurrencias que a un foro para discutir diagnósticos y soluciones a los grandes problemas nacionales. Si el vendedor o sus asesores piensan en cierto grupo le ofrecen el producto mágico que, en su opinión, mejor responda a sus expectativas, sin importar si la oferta es adecuada o si contribuirá a mejorar la vida de ese grupo y de la nación. ¿A la gente le preocupa la seguridad? Ofrezcamos cámaras de vigilancia. ¿Hay que ganar el voto femenino? Prometamos becas, equidad, guarderías.

La ocurrencia como táctica de campaña va acompañada en ciertos casos de esa letra chiquita que en un contrato nadie lee: el vendedor no anuncia ni enuncia los posibles efectos perversos de su producto, con la esperanza de que la consumidora, necesitada de soluciones a la medida de su hartazgo, carencia o preocupación, ni se fije. Es el caso de la competencia por poner más y más cámaras que se dio en el primer debate por la gubernatura de la Ciudad de México.

El candidato del PRI arrasó en la multiplicación exponencial de éstas, sin decir que la vigilancia totalitaria facilita el control de la población, pero la violencia se enfrenta con políticas sociales, prevención del delito y justicia efectiva. Es el caso también de quienes confunden renta básica y “tarjetas rosas”: Meade, Barrales y otros ofrecen 1,200, 2,500 o más a las “amas de casa” (“jefas” en la demagogia mujerista) y pretenden que con “becas” o guarderías se resuelven problemas como la desigualdad de género o la privatización del cuidado, cuando son meros parches en la estructura neoliberal.

Si bien, en mayor o menor grado, todos los candidatos presidenciales han caído en la tentación del oportunismo para atraerse el aplauso fácil de su entorno, en lo que se refiere a políticas de género, los candidatos del PRI a la presidencia y a la gubernatura capitalina podrían llevarse el premio a las propuestas más desfasadas y al peor diagnóstico, respectivamente.

José Antonio Meade asegura que las mujeres serán “el eje de su gobierno”, se ha referido a las trabajadoras y ha retomado la demanda mundial básica: “a trabajo igual, salario igual”. Sin embargo, su paso por la administración pública poco parece haberle enseñado: ofrecer guarderías y casas de día para personas mayores no resuelve la desigualdad ni la privatización del cuidado; pensiones y becas son paliativos, no políticas públicas. ¿Por qué no mejor racionalizar las interminables e inciertas jornadas laborales del gobierno federal que, además de improductivas, obstaculizan el desarrollo personal y laboral de las mujeres e impiden romper con los estereotipos que les asignan a ellas el cuidado y las reuniones de trabajo a los hombres? ¿Quién puede equilibrar vida personal y laboral con juntas de trabajo a las 10 de la noche? Por otro lado, ¿por qué no hablar de prevenir y sancionar el acoso laboral o de profesionalizar al personal de justicia? Asegurar que no se tolerará la “falta de respeto a las mujeres” es mera retórica.

Mikel Arriola, a su vez, parece haberse confundido de década y lugar. A la ciudad más diversa, plural y progresista, le ofrece volverla a 1950 o convertirla en un poblacho de mujeres dedicadas a “la familia” (heterosexual), sin derecho a decidir sobre su maternidad, con la diferencia de que, después de los 60, recibirán una pensión y, en vez de ser vigiladas sólo por el clero, lo serán por un sinfín de cámaras con que se pretenderá asegurar que nadie fume mariguana, ninguna marcha circule fuera de los horarios permitidos y que todo mundo se sepa siempre vigilado. Al estilo Pinochet, Arriola ofrece obra pública y “seguridad” a cambio de nuestras libertades, nuestra diversidad y nuestra autonomía. Grita: “¡Sí a la vida!”, pero calla que la prohibición del aborto y la discriminación matan.

Olvidados de la Constitución, ambos se unen a la tendencia a despreciar la laicidad y cultivan lazos con iglesias diversas y con el Frente por la familia. La diversidad, la igualdad sustantiva, las libertades, la vida digna poco importan.

lucia.melgar@gmail.com

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).