Asisto cada mes a un desayuno con cuates de mi misma rodada, clasemedieros con excelente nivel de vida, varios con recursos sobreabundantes, todos parte de y beneficiados por el sistema. Se tocan asuntos baladíes: quién fue a la ópera, leyó un libro o cuenta un chascarrillo. Pero normalmente se abordan los importantes: política, economía y sociedad, esto es, lo común en este tipo de cenáculos.

La idea que los asistentes tenemos del gobierno son sus cualidades de corrupto, ignorante e ineficaz; de la economía, su pésimo manejo y las perspectivas catastróficas; de la sociedad, el derrumbe de partidos y liderazgos, el desmadejamiento, la ominosa y creciente presencia de actores que llevan al caos.

No iniciamos la perorata con un yo creo que o yo pienso que , más bien son juicios tajantes, decisivos, inapelables. Confieso que salgo de las reuniones con el alma en los pies y con ganas de salir corriendo de esta basura de país.

Pero de inmediato me detengo y reflexiono: primero, no tengo adónde ir, ni quiero, ni puedo; segundo, el ánimo pesimista que predomina es eso, pesimista, y, por tanto, inexacto.

Ni las estadísticas, ni las encuestas, ni los artículos de los intelectuales, ni el taxista, ni nada por el estilo pueden reflejar la realidad, múltiple y compleja. No acepto las experiencias subjetivas, incluso las mías, como datos objetivos, pues ¿cuál será la verdad de los hechos? Palabras que son simples decires y de ahí no pasan. Lo relevante es encontrar y medir el trecho entre las primeras y los segundos.

Hay que decir a los politólogos, economistas y sociólogos de café: de lo que estamos ciertos es que la política no está tan desfigurada, ni la economía tan desvencijada, ni la sociedad tan carcomida, ni el futuro tan negro.

El burro por delante: estoy convencido de que la mayoría de los mexicanos vive mejor de lo que vivieron sus padres, quienes pocas décadas atrás desconocían agua potable, calentadores, regaderas, tinacos, luz eléctrica, estufas, refrigeradores, piso de cemento y, desde luego, la tele y los celulares, artilugios éstos que son el único medio de telecomunicación en infinidad de comunidades de la República.

Eso en cuanto a condiciones materiales. En cuanto a calidad de vida, eso ya es otro cantar; y es que el estrés, el cansancio, la agresividad y la violencia afligen a los sufridos habitantes de nuestras ciudades más populosas.

paveleyra@eleconomista.com.mx