Al acerarse la fecha de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, el presidente Obama comienza a abandonar la primera fila del ejercicio político. El espectro de temas de su atención se reduce a los extremadamente urgentes. Hoy, en su escritorio se condensan dos temas de extrema gravedad, uno doméstico y otro de política exterior.

El primero de ellos tiene que ver con las elecciones presidenciales de su país cuyos rasgos no son ortodoxos. Las del 8 de noviembre tendrán carácter plebiscitario: Sí o No a Donald Trump; no es una contienda exclusiva entre demócratas frente a republicanos, ya que el perfil de outsider de Trump le ha facilitado a éste articular un mensaje en contra de las élites políticas azuzando el voto popular antiglobalización; la estrategia aislacionista del polémico Donald se ha convertido en el eje toral de la contienda, por lo que el camino de la candidata demócrata hacia la Casa Blanca se encuentra entrampado.

El tema extremadamente grave de política exterior se focaliza en Siria, pero su radio de impacto llega a Rusia atravesando Europa.

En efecto, Siria es un tema prioritario para Obama no tanto por la guerra civil, que ya ha afectado a medio país (4 millones de refugiados, 7 millones de desplazados, más de 300,000 muertos), sino por la posición estratégica en la que quedará Rusia el día que desaloje la Casa Blanca.

Desde el pasado 18 de septiembre la relación entre Estados Unidos y Rusia se desgastó por el ataque del ejército estadounidense a soldados sirios asentados en el aeropuerto de Deir ez-Zor, al este del país. Murieron más de 80 y el gobierno de Obama comentó que el ataque pudo haber sido por error . A partir de ese momento, la tregua a la que habían llegado Rusia y Estados Unidos gracias a la intervención de Naciones Unidas se desgastaría súbitamente. Se rompió unas horas después y al día de hoy Alepo, la capital financiera siria, se ha convertido en tierra de nadie.

El acercamiento entre Estados Unidos e Irán a raíz de las negociaciones sobre el pacto nuclear al que llegaron los viejos enemigos, con el patrocinio de varias naciones, extendía puentes de negociación con los chiitas de la región para contener el avance del Estado Islámico. Así lo pensaban en el Departamento de Estado en el 2015; sin embargo, no fue así.

La alianza entre Francia y Rusia después de los atentados terroristas en París del año pasado abrieron una zona de negociación para buscar salidas al conflicto sirio; 12 meses después, prácticamente la alianza ha quedado rota.

Alemania era otra carta importante para mediar entre Rusia y Estados Unidos. Lo fue durante los meses posteriores a la tensión entre Ucrania y Rusia, pero durante los dos últimos años se difuminó por la crisis de refugiados.

No hay peor estado de ánimo para un presidente que el de la desesperación. Entre las sanciones no reconocidas en contra de Rusia se encuentra la suspensión del equipo olímpico de gimnasia en las pasadas Olimpiadas en Brasil y de toda su delegación paraolímpica por supuestos casos de dopaje. Las revelaciones que hizo el grupo de hackers Fancy Bears sobre el estado de salud de gimnastas estadounidenses, por ejemplo, Simone Biles, quien ganó cuatro medallas de oro y una de bronce en Río, esbozan el conflicto político entre las dos potencias. Biles tomó medicamento para controlar su déficit de atención con la aprobación de la Agencia Mundial Antidopaje (AMA), el mismo medicamento por el que deportistas rusos fueron sancionados. Antes, la caída de Sepp Blatter de la presidencia de la FIFA se vincula a la victoria de Rusia sobre Estados Unidos para organizar el próximo Mundial de futbol en el 2018.

Las próximas ocho semanas serán cruciales para el futuro de Siria y para el legado de Obama. Un presidente que está desapareciendo.