Cuando estalló la recesión mundial y Europa dejaba ver los primeros síntomas de una crisis financiera, los alemanes optaron por la corrección inmediata de sus desequilibrios, mientras la mayoría gastó dinero prestado.

Cuando a la canciller alemana Angela Merkel le tiraron una cerveza helada en la espalda durante una comida, simplemente levantó la cara, deslizó una pequeña sonrisa, sin más aspavientos se levantó de su lugar y se fue a cambiar la ropa.

Esto es algo que los griegos deberían entender del carácter alemán, no sólo de esta mujer, sino de un país que tiene reacciones poco estridentes pero de un enorme control de daños. Y pasa con una cerveza en la espalda de la Canciller y ocurre en medio de la crisis financiera.

Cuando estalló la gran recesión mundial y Europa dejaba ver los primeros síntomas de una crisis financiera mucho mayor, los alemanes optaron por la corrección inmediata de sus desequilibrios, mientras que la mayoría de sus socios siguieron gastando enormes cantidades de dinero prestado para tratar de reanimar la actividad económica.

Países como España, Italia o Grecia decidieron que lo mejor era pedir prestado para mantener artificialmente la actividad económica y con ello evitar una baja drástica en el Producto Interno Bruto durante el 2009.

El resultado es que esos tres países están hoy nuevamente en recesión, con la excepción de Grecia, que nunca ha dejado de estar en terreno negativo desde el 2008.

A estas alturas del 2012, la realidad de Europa deja ver la disparidad habitual entre los del norte y los del sur. Alemania tiene cifras más cercanas al pleno empleo que a la crisis laboral de España.

La deuda pública alemana paga las tasas de interés más bajas en muchos años y el desequilibrio fiscal está hoy mucho más cercano al equilibrio que cualquier otra potencia del planeta.

Claro que no son pocos los alemanes que están molestos por las medidas de austeridad que han tenido que asumir durante años para lograr esta corrección. De hecho, el partido gobernante ya empieza a pagar las facturas electorales.

Dentro de la escala del euro no hay duda de que Alemania está en la parte alta y Grecia en el polo opuesto. El problema es que en el diseño de la moneda europea única nadie incluyó en los planos una salida de emergencia.

Como una prueba de que la unidad del euro está más inspirada en el idilio de la unidad que en la practicidad de un instrumento financiero, no existen protocolos que hoy se puedan aplicar para destrabar el nudo griego.

La salida de Grecia de la moneda única implica un golpe terrible para todo el mundo, porque no es simplemente despegar una pieza en un rompecabezas, significa ponchar un globo.

Con la salida griega se abre la posibilidad de otras salidas de países débiles como España o Portugal. El efecto financiero del fin del euro sería explosivo y global. Imposible que no alcanzara a un mercado emergente como México, que tendría la desafortunada oportunidad de probar su blindaje.

Por eso es que hay una salida que ya tiene tiempo que se explora y que podría ser un poco menos impactante, aunque no por ello de menores consecuencias futuras.

Si los socios de Alemania no le aguantan el paso para compartir una moneda sin morir en el intento, quizá lo más saludable es bajar la velocidad de la locomotora, no arrojando al vacío a países como Grecia, sino cambiarle la máquina al convoy para que su paso sea más natural para todos, desde la primera clase francesa hasta el cabús griego.

Alemania puede ser quien deba salir del euro y regresar al marco, o bien, crear un instrumento intermedio para economías como la suya o la finlandesa. Un instrumento que no le ate las manos en su ritmo económico y que los ubique en su realidad de economía desarrollada.

México, por ejemplo, padece menos consecuencias de que el tipo de cambio se vaya de 13 a 14 pesos por dólar, que de una supuesta paridad amarrada o de compartir la moneda estadounidense.

Lo que parece muy difícil es que todo se quede como está. Los griegos necesitarían expresar en las urnas el 17 de junio un claro apoyo a los partidos políticos que respaldan los planes de austeridad y eso es algo que se antoja difícil.

Los alemanes están preparados mentalmente para tomar la mejor decisión que a ellos convenga. No les espanta un poco de cerveza helada en la espalda y si consideran que lo más fácil es dejar a Europa con su euro y ellos ver las cosas desde arriba, lo van a hacer.