No soy historiador, pero siempre he pensado que la promulgación de la Constitución de 1917 fue un parteaguas en los largos años de violencia en México a principios del siglo XX.

El Congreso Constituyente agrupó a las distintos grupos regionales y sociales para establecer las reglas de lo que sería México a partir de ese momento. Muchos fueron los temas, pero se centraron en tres reclamos: educación, trabajo y latifundios.

Casi un siglo después es imposible dejar de notar las similitudes: una violencia generalizada, aunque es cierto que con distintos grados en las regiones del país; discusiones sobre los cambios que se deben hacer en la educación; reformas inconclusas centradas últimamente en la política y en la laboral; monopolios (que son el equivalente a los latifundios del siglo XX); poca credibilidad en las instituciones; polarización; inequidad y pobreza en la mitad de la población; parece una descripción muy cercana, cualitativamente, a lo que se vivió hace 100 años. No hay registro de encuestas de opinión, como hoy son comunes, pero cuando recordamos la Convención de Aguascalientes, que reunió a grupos muy distintos y terminó desconociendo al Presidente Venustiano Carranza, podemos adivinar que se vivieron momentos de polarización.

Una de las propuestas que se han hecho para Michoacán y recientemente para la Presidencia del 2012 es que los partidos reconozcan un momento de emergencia nacional, renuncien a las candidaturas y nombren a un candidato de consenso. Los argumentos son que se evitarían campañas sucias que dividirían y generarían más odios; no habría compromisos del futuro Presidente con quienes apoyan su candidatura; la gobernabilidad sería alta porque todos los partidos habrían postulado al Presidente y podría incluso construirse un gabinete de transición que no hemos visto.

Sin embargo, la propuesta no parece viable, no hay ánimo de hacerlo y menos cuando hay un partido y un candidato muy adelante de los otros, por ello se requieren alternativas.

Me atrevo a retomar el llamado a la aceptación de un Estado si no de emergencia, sí de advertencia nacional (ya el presidente Calderón afirmó que existe el riesgo de que México deje de tener viabilidad). Si los partidos no aceptan tener un candidato de consenso sí podrían aceptar algunas reglas en esas condiciones, por ejemplo, evitar campañas que dividan a los mexicanos y tener transparencia en los gastos para evitar recursos más allá de los autorizados.

Pero tal vez el paso que más necesitamos es un nuevo parteaguas, un momento en el que veamos la reconstrucción de las reglas de juego, que busque un futuro y no tomar ventajas electorales.

No son suficientes las reformas que están ya desprestigiadas y siempre se les ve un fondo de conveniencia partidista, ahora se requiere una nueva Constitución y para tal efecto podemos comprometer a la clase política para que el próximo Congreso se constituya en un NUEVO CONSTITUYENTE, así el próximo Presidente podría pasar a la historia como lo hizo Venustiano Carranza (caso extraño, ya que fue desconocido e incluso asesinado al huir de la capital) 100 años antes.

LA MARCHA

Desde el primer momento mostré simpatía por Javier Sicilia, simpatía al mexicano y al padre de una víctima, a la marcha que llamó al apoyo y creo que no se le debe temer, no es amenaza, es una voz legítima que pugna por cambios profundos. Puede que no en todo lo que pide tenga razón, pero eso no descalifica ni la marcha ni el movimiento que genere. Como ejemplo de las no coin-cidencias creo que García Luna hace lo que tiene que hacer, el combate a la inseguridad debe tener muchas vertientes, pero él no es ni el responsable de una generación de mexicanos con escasos valores ni de los miles de jóvenes ninis ni de la pobreza ni de los controles bancarios para evitar el lavado, él es el encargado de aplicar la fuerza y lo hace, su renuncia no sólo no resuelve nada, sino que sería un retroceso. Lo que debemos pedir es que el combate no se centre en su Secretaría, sino que se amplíe a cada área de gobierno, es decir, no creo que se deba dejar de combatir, sino que se deben aumentar las formas de hacerlo.

Y regresando a la marcha, es imposible que no se politice, incluso que se partidice, no se pueden evitar que algunas personas (les llaman infiltrados pero aun ellos tienen derecho a marchar) griten y presenten consignas agresivas, pero eso no es la marcha, espero que los gobiernos y los demás miembros del Estado mexicano lo comprendan, lo escuchen, se comprometan y reaccionen positivamente. No esperemos que de la marcha salgan las soluciones nacionales, pero sí podemos esperar que detonen los resortes y despierten las conciencias para que esas soluciones surjan.