No hay que darle vueltas: el objetivo es el bienestar de la gente, que abarca lo material y lo espiritual. Palabra esta que puede parecer mocha o cursi. Comprende valores más que bienes, valores apreciados en grado sumo una vez satisfechas las necesidades básicas de alimentación, salud y vivienda: aprendizaje, civilidad, cultura, recreación, sentido de pertenencia y la consiguiente solidaridad, conciencia y autodeterminación (libertad interior); hay que cancelar cualquier política pública que no persiga tal propósito y que contribuya a fragmentar la sociedad en castas o estratos según el mayor o menor acceso a los mencionados bienes y valores.

A largo plazo, 20 años, se plantea la meta de un desahogo mínimo, pero suficiente, para todos. Reto mayúsculo, pues aquí malviven millones de individuos, indígenas más o menos puros en su mayoría, en extrema pobreza: se privilegia a los que tienen y se discrimina a los que quedan al margen. Los métodos tradicionales demuestran ser inútiles. Debemos inventar sistemas originales, insólitos, para el tratamiento de problemas enquistados, agravados, como el creciente distanciamiento entre los de arriba y los de abajo , la onerosa e ineficiente seguridad social, el subempleo rampante y los fenómenos adversos en torno de la educación.

En el último tema indicado, el de la educación, cabe recordar la inoperancia del aparato curricular, la deserción creciente y temprana, la calidad deficiente y la incapacidad para absorber estudiantes a nivel licenciatura, entre otras calamidades. Cabe recordar los conceptos de Iván Ilich (Deschooling Society, 1970), autor entonces descalificado y que hoy parece visionario. Nunca previó el adelanto en tecnologías de comunicación, que abre la posibilidad de establecer un estilo diferente de aprendizaje. Ni imaginó, aunque se refiere a learning webs , el tamaño y la penetración de las actuales redes sociales. Nosotros tampoco calibramos su trascendencia y potencial. Por ahora se usan para contactos y diversos fines más o menos banales, encuentros y protestas juveniles partidistas. Con creatividad e imaginación, podrían servir -deben servir- para un aprendizaje espontáneo, sin intermediarios y sin costo: cero institucionalidad, cero maestros, cero planteles, cero grados, cero peldaños que subir.

La juventud está llamada a hacer esta aportación, dejando de lado trivialidades y violencias. Mas también puede haber entidades facilitadoras. ¿Alguna autoridad de gobierno? ¿Las empresas privadas que manejan a las mil maravillas los adelantos tecnológicos aludidos? Urgen ideas novedosas.

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