Todos los problemas tienen una solución y, para llegar a ella, requieren dos elementos fundamentales: pensar de manera distinta y tener voluntad para implementar los cambios necesarios. Éste fue el caso de Nueva Zelanda hace unos años. La gran lección fue obra de Ruth Richardson, quien al frente del Ministerio de Finanzas logró impulsar las transformaciones que urgían a su país.

Cuando asumió su cargo como Ministra, el desempleo era de 13% y se preveía que en dos años aumentaría a 20%; el problema se debía, principalmente, a que los convenios laborales sectoriales exigían condiciones muy onerosas a las empresas, las condiciones para despedir a trabajadores improductivos eran difíciles y muy costosas y el peso de las imposiciones fiscales sumadas a los salarios por concepto de cargas sociales era muy grande.

Bajo el argumento de que no se podían perder estas conquistas sociales , la economía se hundía y el desempleo aumentaba.

Ruth Richardson explicó a los neozelandeses que lo que necesitaban, urgentemente, era mayor flexibilidad. Las empresas tenían que gozar de la libertad para tomar decisiones económicas y, para ello, era indispensable la flexibilidad. Richardson decía que, para sobrevivir, las empresas tienen que ser como los acordeones: expandirse en los buenos momentos y, con la misma rapidez, expulsar el aire acumulado en los momentos difíciles.

El gobierno hizo su parte al disminuir la carga fiscal para que las empresas pudieran invertir sus ganancias en crear nuevas fuentes de trabajo. Dejó de intervenir para que fuera el mercado, a través de la oferta y la demanda, quien determinara los horarios comerciales, pues se requería -entre otras cosas- libertad de horarios, acabar con el control de precios, eliminar subsidios, abrir la competencia y bajar los aranceles.

Los primeros síntomas del cambio estuvieron marcados por el descontento de muchos ciudadanos pero, al cabo de seis meses, se empezaron a sentir los beneficios. La curva de desempleo se detuvo, repuntó el crecimiento económico hasta alcanzar un promedio de 6% anual e incrementó el poder adquisitivo. Al paso del tiempo, la lección fue muy clara: no hay mayor conquista social que la libertad de los ciudadanos para elegir y construir su propio futuro.

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