Sí o no, y por qué. Además, quién y cómo debe decidirlo. ¿Es exigible una consulta pública, o debe ser una decisión tecnocrática (en el mejor sentido de la palabra)?

La Secretaría de Energía propuso 10 nuevos reactores nucleares hace días, rompiendo saludablemente el silencio y cierta censura de corrección política que ha impedido un análisis público del tema.

En ocasiones y para algunos, el asunto parece pertenecer al libro de Necronomicon de Lovecraft; no debe tratarse, punto, ya que conjura maldiciones arcanas: residuos letales de vida infinita, armas apocalípticas al alcance de todos, y hecatombes a la mano de terroristas ubicuos. Para muchos otros: chinos, indios, franceses, finlandeses, brasileños, coreanos, taiwaneses, rusos, japoneses, ahora de nuevo estadounidenses, y demás . es otra cosa. Es sólo un imperativo de pragmatismo tecnológico, seguro y confiable, ante la necesidades de soberanía energética, de generación eléctrica continua de base o firme, ante el agotamiento o encarecimiento de combustibles fósiles y las emisiones altamente tóxicas del carbón (mercurio), y desde luego, ante el calentamiento global.

Otros más, simplemente, temen que la opción nuclear abrume y ahogue el desarrollo pleno de las energías renovables, o que sus costos reales y las garantías que demanda sean una carga inaceptable para las finanzas públicas. Tal vez tengan razón. Lo que es difícil imaginar, con una ironía ácida, es que la energía nuclear puede ser una opción inevitable como respaldo firme para el desarrollo de las energías renovables, que en su mayoría son intermitentes, en especial si vamos a luchar en serio contra el calentamiento global.

Una verdad, sorpresivamente, y al menos en este momento, es que la generación de electricidad de origen nuclear contribuye como nadie más al desarme y a la eliminación de amenazantes arsenales. Sí: Estados Unidos alimenta sus plantas nucleares con el uranio enriquecido de cabezas atómicas que se desmantelan en Rusia (más de 15,000 desde que terminó la Guerra Fría). No habría otra manera de destruirlas.

Increíble, pero 10% de la electricidad producida en el vecino del norte proviene del desarme nuclear.

Por otro lado, convertir los residuos nucleares en temibles explosivos implica complejidades extremas, y el gobierno que así lo desee (como Irán) puede hacerlo sin la necesidad de reactores comerciales.

Incluso, los entusiastas de la energía nuclear apuestan al reciclaje o reprocesamiento de los propios residuos como una fuente inimaginable de energía; la tecnología hoy lo permite. Dicen también que ahora la electricidad nuclear puede ser más barata que la convencional, en niveles inferiores a 2 centavos de dólar por Kwh, lo cual comparan con la electricidad convencional generada en plantas de gas de ciclo combinado a costos superiores a 3 centavos por Kwh. Esto en realidad es su talón de Aquiles, no muchos lo creen.

La experiencia dicta que las plantas nucleares siempre sobrepasan, incluso varias veces, los costos de inversión originalmente estimados y los tiempos programados de construcción. Para constatarlo puede verse en Finlandia la tortuosa historia del nuevo reactor de Olkiluoto, el primero en el mundo de tercera generación, en desarrollo por parte del consorcio franco/alemán AREVA -Siemmens.

Su inauguración estaba prevista el año pasado; la última proyección de arranque es para después del 2012. Los costos, igualmente, están desbordados.

En cualquier caso, la discusión en México en torno de la energía nuclear no debe eludirse por prejuicios cuasi-religiosos, sino abordarse desde una fría racionalidad, que desde luego, evite también el interesado y/o exultante entusiasmo de algunos de sus promotores.

Debe hacerse a la luz de los datos duros y las experiencias reales del desempeño nuclear, y no de sus promesas de catálogo.