El barón Alexander von Humboldt fue testigo de la colocación de la estatua ecuestre de Carlos IV sobre el pedestal de mármol, el 9 de diciembre de 1803, situada en lo que ahora es el Zócalo. La estatua de 13 toneladas ha estado a punto de ser destruida para hacer cañones. Corría el año de 1821 y al calor del sentimiento antiespañol, se intentó destruir la estatua. Fue Lucas Alamán, la figura histórica que detesta López Obrador, quien convenció a Guadalupe Victoria de salvarla.

Bajo una de las patas del caballo hay un carcaj, símbolo del triunfo español sobre los indígenas. Pero pocos saben que en una de las manos de la estatua de Carlos IV está el edicto de vacunación contra la viruela. En efecto, este rey ordenaba a las autoridades civiles y eclesiásticas del nuevo mundo: vacunar gratis a las masas, enseñar a preparar la vacuna antivariólica en los dominios ultramarinos y llevar un registro de las vacunaciones realizadas y mantener suero con virus vivo para vacunaciones futuras.

El 30 de noviembre de 1803, el doctor Francisco Xavier Balmis y su equipo partieron de La Coruña rumbo a América. En el barco llevaban suero de vacuna guardado entre placas de vidrio selladas, 21 niños huérfanos que eran envases humanos de la vacuna y miles de ejemplares de un tratado en el cual se explicaba cómo vacunar y conservar el suero. Al llegar a Venezuela, luego de escalar en Puerto Rico, la expedición se dividió. El Dr. Balmis partió hacia México y otro grupo fue al sur.

Ahora, la humanidad se enfrenta a los estragos de un virus mucho menos mortífero que la viruela, pero que ha sorprendido al mundo por la facilidad del contagio y la rapidez con que se ha esparcido alrededor del mundo. En medio de la tragedia del contagio de más de 12 millones de personas y la muerte de más de medio millón, se sabe que hay más de 300 prospectos alrededor del globo para desarrollar una vacuna efectiva o tratamientos que ayuden a la sobrevivencia de los enfermos. 

La Organización Mundial de la Salud, vía la jefa de científicos, Soumya Swaminathan, espera que a finales de 2020 puedan producirse cientos de millones de dosis de vacunas contra el COVID-19 y, para 2021, otros dos mil millones. De ser ciertas las esperanzas, estaríamos ante una hazaña de la ciencia médica. Pero faltaría otra hazaña: el reparto de las vacunas.

Las grandes farmacéuticas no son hermanas de la caridad, como lo muestran algunas historias (hay muchas más). Pfizer, Bristol-Myers Squibb, Merck, Eli Lilly, Novartis, entre otras, han pagado miles de millones de dólares por promociones engañosas, por no dar instrucciones precisas para el uso de medicamentos en niños, por promoción de medicamentos no probados en determinadas enfermedades, etc.

Ahora, estas empresas “modelo” tienen en sus manos la posibilidad de comercializar una posible vacuna contra el COVID-19. Sobre este tema, Ruth Faden, fundadora del Instituto de Bioética Johns Hopkins, plantea un escenario: una vez que exista una vacuna segura y efectiva, ¿cómo hacerla llegar a todos los que la necesiten en el mundo? Faden es parte de un grupo especial de la OMS encargado de hacer recomendaciones de cómo lograr un acceso justo y equitativo a una futura vacuna, un tema particularmente difícil.

Si en el caso de los ventiladores hubo fuertes problemas de distribución equitativa, en el de las vacunas podría ser peor. Será un reto lograr que estén disponibles a un precio accesible para todos los países. Cuando empiece la producción, las naciones con más recursos serán las que estén en posibilidad de conseguirla.

Ruth Faden habla de algo llamado nacionalismo de la vacuna, que se traduce en que los países ricos dirán que tienen una obligación con sus ciudadanos antes que con nadie. Hay que recordar que estamos en un escenario político, como siempre. Pero incluso en esos países, ¿cómo garantizar que las personas con escasos recursos o marginadas, por ejemplo, migrantes sin documentos, tengan acceso a la vacuna?

La OMS está seriamente preocupada de que se pueda lograr un equilibrio entre los compromisos de los gobiernos hacia sus propios países y un compromiso global. La salida de los Estados Unidos de la OMS no augura nada bueno ni tampoco el nacionalismo de algunos países como los Estados Unidos de Trump o la Rusia de Putin. Hasta ahora, los países han tomado medidas pensando en su situación nacional. Ni siquiera en la Unión Europea se tomaron por completo medidas conjuntas.

Llegado el momento, ¿se podrán lograr esos equilibrios? La respuesta parece negativa.