¿Quién será el eslabón más débil de la cadena de errores, mentiras, omisiones y hasta delitos del entramado del presidente López?, ¿será la secretaria Sánchez Cordero o el secretario Arturo Herrera?, ¿será alguno de los que ahora parecen más leales?, ¿alguno de los que ya se fueron?

Uno de los métodos favoritos de la llamada justicia norteamericana es la búsqueda del eslabón más débil en una cadena de complicidades. Se localiza y se incide sobre esa persona, a la que se considera susceptible de hablar en contra de sus antiguos camaradas con el fin de salvarse o salvar lo que se pueda, de acuerdo siempre a la calidad de la información que proporcione.  Tal vez uno de los mejores ejemplos de este método se puede ver en la película Todos los hombres del presidente, de Alan J. Pakula, y leer en el libro de Bob Woodward y Carl Bernstein que dio origen a la cinta.

En México ese método no fue usado durante el siglo XX. Lo que privó fue la complicidad. Los presidentes entrantes hacían borrón y cuenta nueva de lo que había hecho su antecesor. Fraudes, sustracción de recursos, uso patrimonial de los bienes de la nación, apropiación de casas, terrenos o vehículos eran obviados. Incluso se negaron a investigar hechos de sangre como la muerte de líderes sociales de oposición, represiones brutales como la del 68 o 71 o la guerra sucia de los años setenta.

Sólo por excepción, un miembro del partido en el poder terminaba en la cárcel, como fue el caso del exdirector de PEMEX Jorge Díaz Serrano o el hermano incómodo de Carlos Salinas de Gortari, Raúl. Y estas excepciones eran vistas más bien como advertencias a otros que como un deseo de aplicar la justicia o las leyes (cualquier cosa que sea eso). Cuando un miembro de la familia revolucionaria caía en desgracia, el sistema le otorgaba una recompensa dorada: una embajada o un puesto sin futuro, pero bien pagado. Vaya que si la maquinaria era casi perfecta.

La alternancia en el poder cambio poco el criterio de “no sacudir el árbol porque no sabes qué puede caerte encima”. Ni Vicente Fox, ni Felipe Calderón y mucho menos Enrique Peña hicieron algo contra sus antecesores, a pesar de las desapariciones, los muertos, los abusos de funcionarios, las violaciones de derechos humanos. Este último, sin embargo, encarceló a Elba Esther Gordillo, lo que pareció más un ajuste de cuentas, y a varios exgobernadores, lo que suponía más bien un intento de acallar las acusaciones de corrupción que se multiplicaban contra su gobierno que intentos de hacer justicia.

Además de la complicidad, hay una idea que me gustaría traer a consideración: las cosas que se hacen en “nombre del proyecto.” Esta es una idea que también se usa mucho en las izquierdas. De aquí se desprenden las justificaciones para hacer muchas trapacerías y canalladas. Se sustrae dinero o se pide a cambio de favores, pero no importa porque es para el proyecto (¿recuerdan el asunto Pío-León?).

Se dirá que en los tiempos que corren, la justicia en México, personificada por esa tríada magnífica de Fiscalía General de la República, Unidad de Inteligencia Financiera y Secretaría de la Función Pública, está incidiendo sobre los eslabones más débiles de la cadena de complicidades de antaño para atrapar a todos los peces gordos. La primera persona que fue encarcelada fue Rosario Robles, exsecretaría de Estado, detenida por no informar de una cuenta menor a tres mil pesos y una licencia de conducir falsa que no sacó ella ni alguien cercano. La cárcel fue dictaminada por un juez que resulta familiar cercano de sus enemigos políticos. ¿justicia?

Otro que cayó fue el exdirector de PEMEX, Emilio Lozoya, sobre el que pesan delitos graves, pero que está en su casa (dicen), dando fiestas y “colaborando” con las autoridades en una serie de acusaciones que ya varios periodistas mostraron que son una hilera de contradicciones. Un tercero es Emilio Zebadúa, quien también corrió a colaborar con las autoridades para señalar culpables. Por cierto, ambos, Lozoya y Zebadúa, se han mostrado como “víctimas” de la maquinaria de la corrupción. No querían, pero tuvieron y en el camino se embolsaron cositas (peccata minuta).

Está por verse si los dichos se sostienen con pruebas, pero no importa. La justicia obradorista está servida: los enemigos están encarcelados (Robles) y los otros están expuestos. En términos mediáticos, el presidente López ha demostrado su punto político y electoral.

Lo malo es que en el camino de su “justicia” hay muchas cosas que cuestionar. Recuérdese que el corrupto no es solo el que hace, sino el que permite que sus cercanos (secretarios, familiares, directores, etc.) abusen, sustraigan ilegalmente o hagan trampas para enriquecerse, algo que estamos viendo en el presente sexenio. Vale la pena preguntarse, ahora que se vale sacudir el árbol, quién de los hombres y mujeres del presidente será el eslabón más débil en el futuro.