Según Shakespeare, Ricardo III era cojo, jorobado y feo, falto de gracia y de modales. De estas características se ufanaba el personaje para hacer gala de que, a pesar de ellas, había batido a sus competidores en el camino a ostentar la corona. Astucia, perseverancia y falta de escrúpulos le habían permitido jugar al juego de sus adversarios y vencerlos en sus propios terrenos. Creo que hay una parte en donde reclama que lo acusan de usar las mismas artimañas que sus antagonistas, pero presume que lo hace mejor que ellos. ¿Les parece conocido?

De esto mismo puede reclamar el presidente López: lo acusan por utilizar las mismas artimañas que se usaban en el pasado, pero lo hace mejor que ellos. Por ejemplo, utilizar la ley para ser flexible con los amigos y socios (Bartlett, Ana Gabriela Guevara), pero ser duro con los adversarios (Rosario Robles); de ser un demagogo en un país de presidentes demagogos (Echeverría, López Portillo, Salinas, Calderón); de ser un fracaso en el tema económico cuando en el pasado hemos tenido profundas crisis económicas, como en tiempos de de la Madrid o de Zedillo; de no ser exitoso en el tema de seguridad después de tener dos presidentes al hilo igualmente fracasados: Calderón y Peña.

Pero la peor acusación que se le hace es la de ser populista, como si en el pasado relativamente cercano no pudiéramos encontrar otros presidentes populistas. De hecho, los gobiernos priistas, incluido el de Peña, tuvieron fuertes rasgos populistas. Lo cierto es que lo hace mejor que todos ellos: es un mejor populista, un mejor demagogo y un mejor fracasado en economía y seguridad que sus antecesores.

En estos dos últimos años he leído no menos de 100 artículos acusando al populismo de todos los males del mundo, desde psicológicos hasta culturales, pasando por los evidentes que tienen que ver con lo político y la economía. Se ofrece la palabra “populista” como una explicación y no lo es. Muchos de los comentarios y análisis se hacen como si el pasado inmediato hubiera sido maravilloso y exento de rasgos populistas. Pero hay que decir que el populismo no es el hijo bastardo del neoliberalismo, sino un hijo legítimo y con plenos derechos.

El problema no es, desde mi punto de vista, que el presidente sea un demagogo. Ni siquiera que se comporte como el discípulo perfecto del populismo del PRI más rancio y autoritario. Ni siquiera su estilo burlón de dirigirse a sus “adversarios” o desdeñar los problemas del país. Tampoco sus teatros mañaneros son en sí el problema central.

El problema es múltiple, pero tiene cuatro caras: 1) el presidente López está demasiado preocupado y ocupado en su imagen; 2) es una gran ignorante en casi todo lo que tiene que ver con los problemas del país y las políticas públicas; 3) está obsesionado con el control y 4) desconfía de la capacidad de los expertos, así sean personas cercanas.

Una combinación terrible y que está dando como resultado que el mandatario pueda ser llamado el presidente del fracaso en casi todos los órdenes. Como se ve en temas como seguridad, economía, salud, unidad del país, inversión, educación, confianza y un largo etcétera. Su principal postulado: primero los pobres, se ha convertido en tema de memes: primeros los pobres se inundan, se enferman de COVID-19, mueren de cáncer y otras enfermedades. Un humor sangriento, pero que refleja la realidad.

Su otra gran columna, el combate a la corrupción, se cae a pedazos cuando la prensa señala los departamentos millonarios en dólares de altos funcionarios mexicanos, la fortuna de Bartlett, las tranzas de Ana Gabriela Guevara o los contratos millonarios por concesión directa.

El presidente es un gran fracasado, pero no por ser populista; es populista y demagogo porque esa es la única manera que tiene de esconder sus fracasos. ¿Por qué, entonces, no se cae su popularidad? En la maraña de mentiras, omisiones, exageraciones y anécdotas vacuas, el presidente López no miente del todo cuando acusa que muchos de lo que se quejan lo hacen porque perdieron sus privilegios o los espacios donde se permitían todo tipo de negocios. Las críticas contra él no son, en muchos casos, desinteresadas ni altruistas, aunque se disfracen con el interés de la nación.

Adicionalmente, la arenga al odio y la división encuentra terreno fértil en un país dañado por la inseguridad, la pobreza y la falta de perspectivas para mejorar; aquí, el rencor hacia la clase política y los poderosos es más fuerte que el deseo de justicia porque la justicia es lenta y ciega. López es el brazo vengador del rencor. No sirve para más.

Como enseña Ricardo III, las cualidades para conseguir el poder no son necesariamente útiles a la hora de gobernar.