¿La crisis del Covid-19 está abriendo las puertas para que los gobiernos recobren el control de los Estados-nación? Veamos.

Estamos acostumbrados a que las crisis suban al escenario y luego se marchen tras bastidores, “llenas de ruido y de furia”, sin que se haga una mayor reflexión de su origen y consecuencias. La crisis económica mexicana de los 80, que duró años de inflación y desempleo, dio poco espacio para la reflexión, aunque sí mucho para iniciar un rediseño de las estructuras políticas y económicas. El gobierno estaba agobiado y presionado y la sociedad enojada, pero con un gran apuro por sobrevivir. La crisis mexicana de 1995 duró poco tiempo. En ambos casos, se trató de situaciones particulares a México.

La crisis de 2008-2009 fue otra cosa. Afectó a buena parte del mundo y se vio claramente su origen especulativo. Dejó las secuelas habituales (desempleo, subempleo, baja en los niveles de vida, decrecimiento, etc.) y el mal sabor de boca de que era necesario limitar la avaricia financiera que afecta a otros sectores del capitalismo, pero no se avanzó mucho al respecto.

Schumpeter habla de crisis de ciclos cortos y de “ondas largas”. Las primeras llevan a cabo una especie de “limpieza” del sistema (ganancias, salarios, consumo, inversión, etc.), eliminando la ineficiencia y quitando los obstáculos que impiden una rápida acumulación de capital. Las grandes crisis son otra cosa, redefinen el papel de las industrias y los sectores, arruinan a unos y fortalecen a otros, pero sobre todo tienen un gran efecto en las bases sociales de los procesos económicos. Hay, en síntesis, una transformación de la política y la economía.

Es evidente que estamos ante una gran crisis mundial y lo paradójico es que no entró por la puerta grande de la “insaciable ambición del perverso sistema capitalista”, sino por la puerta de atrás de los sucesos inesperados. Seguramente, a los políticos de Washington y a los financieros de New York, lo mismo que a los despachos de análisis, no les era conocida la idea de que podría haber un virus que provocara una gran pandemia global, a pesar del ébola, el (A) H1N1 o el SARS de 2002. Las alertas que durante años lanzaron grupos de científicos, fueron desestimadas porque se suponía que el desarrollo de estas enfermedades era local y limitado.

Lo notable es que el nuevo virus que causa el Covid-19 logró lo que los movimientos anti-globalización y las izquierdas no habían conseguido en décadas: desnudó las desigualdades y carencias que se han ido acumulando a causa de lo que Stephen Gill llama “el neoliberalismo disciplinario”, ese neoliberalismo que acentuó la subordinación de los Estados-nación a un marco de reglas y decisiones económicas, comerciales y financieras, fijadas más allá de los gobiernos o los procesos electorales. Esta globalización, vista por algunos como positiva y por otros como el demonio, se acepta como un hecho, incluso para los países aparentemente más fuertes y con democracias sólidas.

Pero la pandemia vino a cambiar la cancha donde se juega el juego de la globalización e impuso otras reglas. ¿Cuáles son? Es difícil saberlo. Para algunos es una crisis que se resolverá y se regresará a una especie de normalidad muy similar a la de antaño. Pero hay un hecho importante: la pandemia no sólo rebasó a los sistemas de salud, también paralizó a los gobiernos y a los organismos internacionales encargados de hacer y aplicar las viejas reglas del juego. El FMI y el Banco Mundial externan su preocupación por la situación, pero no hacen mucho más. La Organización Mundial del Comercio ve como el comercio mundial se achica y los países empiezan a cerrarse de una forma u otra. La ONU aconseja a todos, pero no puede hacer mucho más. Incluso un organismo que debía salir fortalecido, la Organización Mundial de la Salud, está rebasada y desgastada. La crisis mundial ha agudizado una serie de tensiones que ya existían (China-EUA, Rusia-Europa).

Los gobiernos nacionales están ahora de frente a sus pueblos y estos les exigen respuestas. Y estas han sido de diversos tipos. Algunos países están en posibilidad de atenuar los efectos de la pandemia, por ejemplo, Alemania o China. Otros, han visto cómo sus gobiernos aplican amplios programas de apoyo económico, pero en lo político tratan de ganar espacios con actos autoritarios, como Trump en los Estados Unidos. También existen los gobiernos, como el mexicano, que tratan de controlar una crisis sanitaria y económica mayúscula con discursos, medidas tardías y poco dinero.

Dice Slavoj Zizek que a la par de la declinación de algunos de estos organismos internacionales, con su reglas y prácticas, “está naciendo otra forma que reconoce la interdependencia y la primacía de la acción colectiva de base empírica”. También dice que en la crisis todos somos socialistas. Pero se le olvidó decir que, sin los ojos de afuera, se deja el espacio para que gobiernos populistas y/o bananeros hagan lo que quieran.