Todos los días hay un debate sobre las cifras de muertos y contagiados por el Covid-19. Se debate acerca de si se tomaron las medidas adecuadas y a tiempo. Esto no sucede sólo en nuestro país, pero sí hay que señalar que en México la disputa se da entre un presidente muy poderoso y una multitud de intelectuales, periodistas, académicos, especialistas y políticos. Todos hacen apuestas acerca de lo que sucederá al terminar esta pandemia, pero no muchos han intentado hacer una construcción informada e inteligente.

En realidad, nadie sabe cómo será la “nueva normalidad” que se pregona, pero el concepto da para todo uso. Por ejemplo, el presidente Andrés Manuel López Obrador habla de ella como algo positivo y próximo, pero indefinible. Por eso resulta interesante la postura de la jefa de Gobierno Claudia Sheinbaum. De todos los gobernadores estatales que han decidido seguir su propio manejo de la pandemia (Jalisco, Nuevo León, Puebla, Aguascalientes, Tamaulipas, etc.), el de ella resulta interesante por dos razones. En primer lugar, su cercanía con el presidente hace que acuda dócilmente a las mañaneras y acepte lo que ahí se dice, pero cuando se trata de hacer cosas toma caminos distintos. En segundo lugar, su plan de manejo de la pandemia descansa en situaciones más que en fechas. Sí, puso como una aproximación el 15 de junio, pero ha insistido una y otra vez en que esto está condicionado a la ocupación de camas Covid y a una tendencia decreciente de contagios.

Adicionalmente, Sheinbaum ha avanzado en la explicación de la “nueva normalidad”, relacionando actividades con los colores de los semáforos (rojo, naranja, amarillo y verde). Si todo marcha bien, se alcanzaría el color verde a mediados de agosto. Aquí hay un problema de mensajes que puede confundir a la ciudadanía. Mientras el presidente sigue manejando el 1 de junio como fecha mágica, la jefa de Gobierno ya se fue al 15 de junio. Mala cosa en una situación así, sobre todo si se ve que la gente está harta de la cuarentena y está comenzando a salir.

Hay más, Sheinbaum ha anunciado que, a partir de que se decrete el semáforo anaranjado, hará un censo casa por casa para conocer el estado de salud de los habitantes de la CDMX y con esto “fortalecer el sistema de salud”. Todo esto suena pulcro y sanitizado, pero es el Estado metiéndose a las recámaras.

La semana pasada señalamos cómo las sociedades de Asia respondieron al reto de la pandemia recurriendo a los megadatos y al Big Brother, según lo que indicó el filósofo coreano Byung-Chul Han. En Wuhan se integraron miles de equipos de investigación digital para dar seguimiento a los contagiados y a los posibles contagiados. El Estado en las casas para checar temperatura, niveles de azúcar, tipo de alimentación, etc.

Vale la pena señalar que tal vez Byung se refiere también al sentido de la privacidad, que en la cultura occidental está muy arraigada. ¿Habrá que redefinirla?, ¿estaremos dispuestos a esa intromisión estatal? No sería la primera vez. Los estadounidenses aceptaron restringir sus libertades civiles luego de los atentados de Oklahoma (1995) y las Torres Gemelas (2001). No sería improbable que también los ciudadanos de todo el mundo aprueben la intromisión del Estado en las casas por razones de salubridad.

Ahora mismo, la gran mayoría de mexicanos y mexicanas aceptarían que el sistema de salud llegara a sus casas, como ha propuesto la jefa de Gobierno. Y si el Estado entra para verificar tu salud (qué comes, cuánto duermes, etc.), ¿por qué no pensar que de paso se podría echar una ojeada a lo que tienes? En China, Japón y Corea del Sur se hace todo esto con la tecnología, en el México anticuado de la 4T se hace mucho de esto con los Servidores de la Nación.

¿En las sociedades pos-pandemia se acabará el neoliberalismo, como desea el presidente López Obrador? Sobre este tema Slavoj Žižek asegura que la pandemia le dará un golpe mortal al capitalismo. Henry Kissinger, sacado del museo de los horrores, habla de cooperación o hundimiento. Es posible que el virus sea el preludio de una crisis mucho mayor, ahora inimaginable.

Es cierto que la crisis de salud la causó en buena medida un modelo capitalista que deja indefensas a las grandes mayorías de la población, pero también es cierto que a las sociedades no inmersas en este sistema (al menos formalmente), como Venezuela o Cuba, no les ha ido mejor. Además, la poderosa maquinaria neoliberal del complejo farmacéutico hallará una vacuna (o muchas) en un tiempo récord.

Ningún virus es capaz de hacer la revolución, el capitalismo encontrará un acomodamiento distinto y más eficiente. La pregunta es: ¿para quién?