Creo firmemente que un país necesita buenos gobernantes, demócratas, responsables y con la madurez necesaria para eso, gobernar más allá de cuidar sus intereses y popularidad. Y creo que han existido gigantes de la política que la han practicado con honor y dignidad para beneficio de sus países y del mundo.

Se me viene a la cabeza Nelson Mandela, sufrió 27 años de prisión, tuvo a su familia sometida a las más terribles vejaciones y torturas, pero cuando al fin llegó milagrosamente a gobernar Sudáfrica, su desempeño fue ejemplar en situaciones muy adversas: se dedicó a restañar heridas, a unir a la población y a luchar con inteligencia y sabiduría contra la división y el encono animado por el racismo. Mandela es sin duda uno de mis héroes.

Esta clase de políticos se han esforzado por procurar, con una serie de herramientas sociales, comunicacionales y educativas, una ciudadanía igualmente cumplidora y respetuosa de sus derechos y deberes democráticos. Se educa con el ejemplo, decían mis papás. Ahí la cosa se pone muy difícil.

A comienzos de este siglo, por todo lo anterior, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) planteó la necesidad de fomentar la educación para una ciudadanía mundial.

El objetivo principal de esta iniciativa “Educación para la Ciudadanía Mundial” es fomentar el respeto de todos para todos, sin diferencias de género, raza, o condición social o religión, crear un sentido de pertenencia a una humanidad común y alentar que ciudadanas y ciudadanos sean activos y responsables. La idea es trabajar en pro de un mundo más pacífico, tolerante, inclusivo y seguro. Un mundo más justo y sostenible.

Y digo que aquí la cosa se pone muy difícil, porque muchos gobernantes del siglo XXI se empeñan, en estos tiempos del populismo, en dividir, estigmatizar, confrontar y buscar a toda costa su permanenecia en el poder, a costa de generar un ambiente agresivo y de enfrentamiento entre ciudadanos.

Los ataques a empresarios, medios de comunicación, oposición, opinadores, periodistas, científicos, intelectuales, académicos, creadores, a la clase media en particular, a los que pensamos de manera distinta, a los que somos diferentes, o formamos parte de una minoría, van generando poco a poco este ambiente hostil irrespirable que nos está intoxicando a todos cada vez más. Para no hablar de lo difícil que es ya todo en medio de una pandemia que no cede.

La construcción de ciudadanía es clave para que no solo vivamos la democracia como el derecho a votar y ser votados (o a participar en verdaderas consultas) sino como un ejercicio de organización y participación colectiva y activa en la toma de decisiones de la agenda pública y en las instituciones, tanto como gobernantes como gobernados ¡Que lejos estamos de esto!

El crecimiento de las conductas violentas que se ha dado en tiempos recientes en nuestro país y que se da cada día más, no puede terminar por decreto, ni por decir diariamente que ya no hay masacres cuando todos los días nos topamos cara a cara con la terrible realidad. El ejercicio del poder implica el respeto a las reglas acordadas, el cumplimiento de la ley y un no rotundo a la impunidad. Y pasa también por la necesidad de formar individuos que desarrollen plenamente el sentido de igualdad, justicia, (insisto, respeto a la ley) y la capacidad de procurar el desarrollo de los demás.

El mejor antídoto contra las conductas delictivas y/o violentas es aprender a escuchar, debatir, negociar y tener un pensamiento crítico, responsable e independiente.

Las burlas, las risas sardónicas, el “peleonerismo”, la denostación, el rencor, la venganza, la polarización y el desprecio al otro no nos dejará nada bueno. Es casi como volver a la secundaria y al burdo “nos vemos a la salida”. ¿Estamos dispuestos a ello? Yo, por supuesto, no.

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Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.

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