Nadie disputa que Cantarell haya sido un desarrollo de clase mundial; no nos estamos metiendo con ningún logro ni recuerdo de ningún baby boomer. La infraestructura que Pemex construyó para producir desde ese activo, como documentó el presidente López Obrador en videos en Facebook y en Twitter durante el fin de semana, es muy impresionante. El tour petrolero, de hecho, estuvo muy interesante. Y es bueno saber que esos fierros, aún en su ocaso, van a seguir siendo empleados. 

Pero rescatar una compañía no es lo mismo que revivir sus mejores memorias. Aún repitiendo la dosis de acciones del pasado, los resultados simplemente ya no están a la altura. Ni sumando a Quesqui y a Ixachí, los dos grandes descubrimientos que se han generado gracias a la estrategia de retomar la exploración en tierra, se llega al tamaño de Ku, apenas uno de los tres campos de Ku-Maloob-Zaap. KMZ, a su vez, nunca ha llegado ni a la mitad de la producción de Cantarell en su pico.

La refinería de Dos Bocas podría construirse en tiempo y forma. Pero, aún así, no se va a poder comparar con el legado de la gran época de construcción de infraestructura petrolera. La CFE podría lograr sortear la oposición de los ambientalistas y construir sus nuevas plantas nucleares y de combustóleo. Se podrían lograr avances llevando energía a comunidades aisladas. Pero estos palidecerán con la época de electrificación a gran escala del país. 

El éxito hoy se mide con otros parámetros, bajo otros términos. Además del valor económico, para nuestra generación de millennials y Gen Z’ers cada vez cuenta más que la producción nos lleve a conquistar fronteras tecnológicas, que nuestros equipos de trabajo sean diversos, multidisciplinarios e incluyentes y que minimicemos progresivamente nuestra huella ambiental. Por eso, hoy, nos emocionan más las energías renovables y limpias que las fósiles y contaminantes. Nos ilusiona más conquistar las aguas profundas que las someras, y lo no convencional más que lo convencional.

Estamos viviendo una gran transición energética, incomparable en escala y velocidad. Para no rezagarse, hay que fluir. Hay que anticipar el cambio y prepararse para aprovecharlo, no casarse con ninguna idea –ni siquiera con el rígido concepto de las generaciones y la edad. No hay que clavarse; eso de ser boomer no es más que una forma de pensar. Esta semana, en la COP25 celebrada en Madrid, Jeffrey Sachs, un reconocido intelectual que nació en la generación boomer, demostró ser lo opuesto de boomer energético cuando urgió a México a reconocer la nueva realidad, no anclarse al pasado y pensar que la solución podría ser más construir un ‘Solarmex’ que rescatar a Pemex. Nos dio cátedra a muchos millennials.

Como plantea caricaturista el Scott Adams en su nuevo libro Loserthink, boomerear –al menos como me lo imagino– sólo pretende visibilizar. Y hacernos reflexionar.  

Nuestra gran historia y tradición petrolera debe impulsarnos para adelante, hacia el verdadero progreso. La próxima vez que veamos las plataformas del activo Akal, en Cantarell, ojalá nos instalemos menos con la nostalgia. Mucho mejor sería que nos propusiéramos generar las condiciones, ya bien plantados en el nuevo contexto sin dotaciones extraordinarias, para volver a ser líderes mundiales.

¿No será hora de desclavarse con Cantarell y lo que representa?

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell