Mientras los grupos políticos y algunos personajes con liderazgo nacional usan la bandera del gasolinazo para alentar las marchas, el disturbio y la intranquilidad social; José Ángel Gurria, cabeza de la organización de cooperación más importante del mundo, resaltó en su reciente visita a nuestro país que desde hace 10 años la OCDE le ha recomendado a México dejar de subsidiar combustibles fósiles, uno de los más regresivos del país. No haber tomado esta decisión representaría la cancelación de más de una tercera parte del presupuesto; en pocas palabras, no hay salida.

Muchos me abordan sobre cómo se pudo haber evitado el gasolinazo, pero mi respuesta ha sido una y otra vez, que no había opción, las finanzas públicas nacionales no podían aguantar un subsidio tan grande. Todavía hace pocos años, cuando aún teníamos una plataforma suficiente y un precio alto del petróleo, se decidió usar esos excedentes para cubrir este subsidio, y se hizo porque políticamente era correcto y porque tenían los márgenes para hacerlo. Pudimos tener mejores carreteras, un buen sistema de transporte ferroviario, haber construido más refinerías, entre otras muchas obras urgentes de infraestructura, pero el gobierno tomó la decisión de subsidiar el precio de la gasolina. Y con esto, promover su consumo, por eso nos fuimos del lugar 14 a ser el cuarto consumidor más importante en el mundo. Entonces la escalera de consecuencias negativas siguió creciendo. Un Pemex ineficiente, un gobierno sin recursos para invertir en exploración, y millones de mexicanos contentos consumiendo más de lo que producimos.

Mientras que en Estados Unidos existen 141 refinerías, en nuestro país sólo contamos con seis, un hecho que sin duda presiona al alza los precios. Además, tuvimos una devaluación significativa en los últimos años, producto de la volatilidad financiera internacional. Mala combinación: más de 50% importado cuesta más por el alza en los precios y porque nuestra moneda vale menos; el otro 50% que producimos en el país, es muy caro debido a que nuestros costos de transporte y las pérdidas asociadas a las ineficiencias son altísimas.

Esa es la otra historia, los costos asociados por transportar combustible por vía terrestre son casi cinco veces más elevados que el transporte por medio de ductos, tan sólo en Texas tienen más kilómetros en ductos (700,000 kilómetros aproximadamente) que lo que representan todos los caminos, carreteras y terracerías de este país. Por esas razones, y porque el tamaño de la producción de Texas es equivalente al total de México, es que su gasolina es de las más baratas del mundo.

Muchos discuten también sobre el salario mínimo; desafortunadamente el precio de la gasolina, como el de muchos otros productos, como el aguacate, el maíz y el acero, se rigen por la estructura de costos y por la demanda y oferta mundial, no por la capacidad adquisitiva de los ciudadanos que los consumen. Los países que pueden determinar precios más bajos son los grandes productores de petróleo y de gasolina, que han invertido para abaratar sus costos de producción y transportación. Desgraciadamente, México no es uno de ellos, no en el corto plazo, a pesar de los muchos planes derivados de la Reforma Energética.

Coincido sólo parcialmente con la ciudadanía, porque estoy convencida de que si hubiera un sistema de transporte conveniente y movilidad urbana adecuada, no tendríamos que usar los vehículos como la única opción para transportarnos a nuestros centros de trabajo. Pero insisto, con la información de hoy y con el entorno actual, no había ni hay otra salida. Tomar decisiones responsables no es políticamente aceptable, y esa, nos guste o no, fue la apuesta.

*Presidente de la Federación de Colegios de Economistas de la República Mexicana, A.C.