Los objetivos que tiene Trump de controlar nuestras fronteras, reduciendo la inmigración ilegal, y de renegociar los acuerdos comerciales de Estados Unidos con otros países, para que la manufactura estadounidense no se afecte, no es malo.

El problema con Trump es que desea causarle dolores de cabeza a otros países para forzarlos a negociar. Y algo más, su objetivo comercial lo quiere aplicar a medio mundo de manera simultánea.

China podría acercarse a Japón o a la Unión Europea para contrarrestar los aranceles o sanciones estadounidenses que le imponga Estados Unidos. De eso no quiere darse cuenta Trump.

México es un jugador importante en ese esfuerzo. No hay que olvidar que el T-MEC tiene una cláusula que le permite a un país salir del acuerdo si otra parte del tratado firma un acuerdo comercial con una “economía que no sea de mercado”.

Un gobierno normal tendría una estrategia para priorizar sus objetivos. Si el objetivo principal de Trump es ganar la batalla contra China, entonces abrir otros frentes con jugadores que podrían ayudar a Estados Unidos les estaría dañando y dando motivos para que no acepten colaborar.

Para que el diferendo con China tenga buenos resultados necesita tener buenas relaciones con Japón y la Unión Europea. Y también significa que no debe de pelear con un aliado tan importante como lo es México, y sobre todo ahora, cuando el T-MEC no se ha aprobado.

Lo mismo se aplica al tema migratorio. La colaboración de México es fundamental.

Ningún país es lo suficientemente fuerte como para enfrentar al mundo entero y ganar.

No obstante, muchos líderes en la historia han perseguido tales batallas. Napoleón es uno de ellos. Al inicio pudo ganar grandes batallas pero después no pudo hacerlo.

Trump ha funcionado bien cuando ha determinado el camino a seguir, y posteriormente delega en subordinados las acciones.

No hay país que le gane al mundo.