No, señor no hay desde agosto. ¿Nimesulida? Agotada. No, no hay carbonato de litio. ¿Oncológicos? Tengo lista pendiente de 13 oncológicos y el fenómeno es nacional, aunque algunos faltan más en el norte del país. No, no hay. ¿Sedantes? Sí hay pero ya casi no hay. En algunos hospitales ya se acabó el Midazolam y es que un solo paciente intubado puede necesitar hasta mil ampolletas. ¿Propofol? De ese no se necesita tanto, pero tampoco hay. 

Enalapril… para la hipertensión, ¿verdad? No hay. ¿Antiretrovirales? Uy… no hay. 

Este es el panorama sobre algunos medicamentos en México y el escenario inmediato se ve peor. Las palabras del subsecretario Hugo López Gatell en enero no pueden sonar más huecas. Nos contaba ufano que se había acabado con los intermediarios, que habría mejores y más baratos medicamentos y que todo era gracias a la política cuatroteísta de decirle adiós a los distribuidores abusivos. 

Y no. No hay más medicamentos ni están más baratos. De hecho, ante la escasez los profesionales advierten una subida hasta del 30 por ciento. Y el crecimiento en el desabasto es brutal. La organización Cero Desabasto registró 24 denuncias de enero a abril de 2019 y 734 en el mismo lapso de 2020, sólo en el IMSS. Y eso que aún no se hablaba de la escasez de pastillas para hipertensión, trastornos psiquiátricos, antiinflamatorios y sedantes. 

Las causas son variadas. Primero: se complicó la cadena de suministro por el COVID y muchos de los ingredientes activos no llegan a tiempo. Esto pasó en México y en el mundo. En Estados Unidos, en la era Trump, se hablaba de 150 medicamentos cuya producción nacional estaba en riesgo. 

A eso se sumó la creciente demanda, también provocada la emergencia sanitaria y las complicaciones colaterales.

Sin embargo, a estos dos elementos externos no atribuibles a gobierno alguno o a corporativo odiado, se han sumado la ineptitud y la ceguera, en su versión criminal. 

La ineptitud y la ceguera se reflejan en tres áreas. Primero, en la planeación. El gobierno federal fue incapaz de planear la compra de medicamentos y vacunas con la anticipación requerida. Eso provocó escasez hasta de la vacuna de sarampión, que ahí está otra vez rondando, como si nos hiciera falta. 

En segundo lugar vimos el nocivo impacto de las decisiones incompletas y los parches tardíos. En un arranque de cuatroteísmo, se inhabilitó a proveedores sin garantizar con otros canales el abasto de medicamentos que estos proveían. Hasta  julio de este año se aprobó la nueva Ley de Adquisiciones para facilitar la compra en el extranjero, pero eso ya no surtió efecto para 2020. Esperen y sin pastillas. La cosa es lenta. 

En tercer lugar topamos con la improvisación y falta de preparación técnica provocada por la reestructuración tanto del Seguro Popular como de la Cofepris. Con el Insabi se desestimó la experiencia acumulada y de la Cofepris literalmente se expulsó la experiencia. 

Pero ya ni llorar es bueno. El año se acaba. No hay litio, no hay suficientes oncológicos, no hay suficientes antiretrovirales y está en riesgo el sedante que se utiliza para intubar pacientes en los hospitales Covid. Ese es el resultado de la falta de planeación, de la falta de experiencia, del ingenuo optimismo, de la ineptitud honesta y, sí, también, de la pandemia. 

Pero ese es 2020. Hoy debe estar ya arreglado para 2021 el abasto de vacunas, la producción nacional, la compra en el extranjero y la distribución. Ya está, ¿verdad? 

Ivabelle Arroyo

Politóloga

La Sopa

Ivabelle Arroyo Ulloa es politóloga y analista, con 24 años de trayectoria periodística. Es jurado del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en México. Dirige una revista digital sobre política capitalina y escribe para medios jaliscienses.