¿Inexplicable lo que sucede en México? El simple espectador, como yo, el que compone casi la totalidad de la población, está confundido. Con razón. Los medios de comunicación venden morbo, promocionan la corrupción y la delincuencia; no la honradez, no la probidad, no la decencia. Miren a los abominables pederastas, pero no se fijen en el 99.9% que no lo es. Es un alud de noticias -en TV, radio, prensa, redes sociales- que se solazan y dan prioridad a lo criminal y lo ilegal.

Ayotzinapa convertida en símbolo de la lucha contra la injusticia. Ayotzinapa, palabra que viene a ser estandarte enarbolado por fracciones de instituciones educativas, culturales, sindicales, políticas, etcétera. Es tambor de guerra, porque lo que se enseña en las normales rurales es descontento e insurrección. Es una guerra totalmente interna, pues de otro modo los que ahora hacen religión de Ayotzinapa se volcarían masivamente en calles y plazas para mostrar su indignación contra gobiernos que no supieron prevenir ni combatir el ébola, o contra los talibanes que masacran cientos de personas, sobre todo niños, o contra los yihadistas árabes con sus miles de sacrificados. ¿Qué son 43 en comparación con los innumerables muertos en nuestros últimos lustros violentos, individuos asesinados, torturados, secuestrados? ¿Quién mandó a los 43 al matadero y para qué? ¿Es que la paciencia de la sociedad ha llegado al tope? Los queremos vivos, proclaman los primeros en saber que están bien muertos. Que no quieran hacernos guajes. ¿Crimen de Estado? Confusión mental, ignorancia o mala leche, el Estado somos todos; gobierno es otro cantar. Y crimen no de gobierno, sino de despiadados delincuentes apoderados de gobiernillos locales. Hechos aberrantes y dolorosos que ahora presenciamos: el derecho a manifestarse transfigurado en el derecho a agredir a los demás y a destruir; el gobierno federal, inerme, ni siquiera se defiende como gato boca arriba; y los medios , vueltos propagandistas (¿involuntarios?) y aliados de la transgresión de la ley, la apoyan o parecen apoyarla.

No nos hagamos tontos: es la lucha de siempre entre izquierdas y derechas, sólo que aquellas, organizadas, se valen de todos los tipos de virulencia. Su objetivo es claro y malévolo: tirar al gobierno legítimo, legítimo a pesar de sus defectos. Si no los tuviera sería ente de otro mundo.

El panorama está bien claro. No nos hagamos bolas.

paveleyra@eleconomista.com.mx