No estamos en guerra, aunque estemos combatiendo individual y colectivamente una pandemia. Estamos ante la pandemia mundial. Aunque desconcertados y apanicados ante lo desconocido, tampoco estamos ante una economía de guerra. Cualquier decisión o acción que se produzca bajo este falso supuesto es un error que nos conducirá a peores soluciones.

Estamos en crisis. Según la Real Academia Española, en medicina significa “cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente”. En otras palabras, individualmente, una crisis se supera o no. No es un proceso. Es un punto de inflexión entre la vida y la muerte. Sin embargo, desde el punto de vista económico y social se asemeja a un proceso: “Cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que estos son apreciados”. En todos los casos, crisis significa un cambio abrupto. La diferencia está que en ámbito individual (persona o empresa) vives o no para contarlo, mientras en el ámbito colectivo o social, se sobrevive, aunque a veces con cambios radicales en la organización.

Una guerra supone una crisis, pero una crisis no significa estar en guerra. Así, al hablar de guerra, se pasa inmediatamente a hablar de economía de guerra. Con militares en el escenario. Transmitiendo el mensaje de que vamos a ganar. ¿Cuántas guerras se han perdido alentadas por este mensaje? Incluso algunos hablan de Plan Marshall, desconociendo lo que fue dicho plan, cuando Marshall impuso su criterio de no penalizar a Alemania después de la Segunda Guerra Mundial y apoyarla económicamente como base de la recuperación económica de toda Europa. Nada que ver con entonces.

Al considerar como guerra, en los escenarios de recuperación económica del coronavirus, se olvidan tres factores. El primero la aniquilación del capital humano. El segundo, la destrucción del capital físico. En cuanto se supere la crisis podremos comprobar que la letalidad en la población y su estructura ha sido muy distinta y con ventaja, a la de una guerra convencional, híbrida o nuclear. Pero en cuanto al capital físico, éste estará intacto cuando en una guerra se destruye. No hará falta recuperar el capital físico, habrá que recuperar la demanda y para ello hace falta renta. Capital financiero.

En cuanto al tercer factor, hay que remitirse al economista Mancur Olson autor de la Lógica de la acción colectiva, pieza seminal de la teoría económica, y su aplicación en Auge y decadencia de las naciones (1982). En este libro, reinterpreta en perspectiva histórica el crecimiento económico y explica por qué a pesar de la destrucción del capital humano y físico que sufrieron Alemania y Japón en la Segunda Guerra Mundial, fueron los países que luego tuvieron tasas de crecimiento más altas y sostenidas. Su conclusión es que la guerra destruyó sus grupos de presión y sus coaliciones distributivas (lo que actualmente, Acemoglu y Robinson han conceptualizado como “élites extractivas”), que reducían la eficacia y la renta global de la sociedad. Al desaparecer estos grupos de presión se pudo detonar el crecimiento económico.

Al final de esta crisis habrá que ver si se destruyeron o no los grupos de presión, las élites extractivas y distributivas que frenaron el crecimiento y lo pueden seguir frenando. Con el capital humano y físico prácticamente intacto, la respuesta estará en la sociedad civil. La única que puede destruir a los grupos de presión (además de las guerras), cuando triunfa la sociedad abierta.

Y en honor a Olson, pronunciar su nombre como a él le gustaba, “Mansiur”, el mismo que el españolizado Almanzor. En árabe al-Manūr o el Victorioso.

@bacaria_jordi