El nitrógeno es un gas abundante en la atmósfera, donde llega a contribuir hasta con 78% de la composición del aire que respiramos, pero al no ser reactivo la mayoría de los organismos vivos no lo asimila.

El nitrógeno es un gas abundante en la atmósfera, donde llega a contribuir hasta con 78% de la composición del aire que respiramos, pero al no ser reactivo la mayoría de los organismos vivos no lo asimila.

La naturaleza pone al nitrógeno a disposición de la vida por medio de un reducido número de bacterias, que rompen el triple enlace que une los dos átomos de la molécula, transformando el nitrógeno inerte en nitrógeno reactivo; esto hace el milagro de fijar el nitrógeno en el suelo e incrementar la fertilidad del mismo al hacerlo asimilable por las plantas.

En 1909, Fritz Haber logró obtener amoniaco -ingrediente activo de los abonos sintéticos- a partir del nitrógeno inerte. Este pequeño salto tecnológico llegó a ser el pilar de la revolución verde, al transformar tierras estériles en campos fértiles.

Sin embargo, la mayor parte del nitrógeno reactivo que agregamos a la tierra para incrementar su fertilidad, no se transforma en alimentos y se disemina por la atmósfera y el agua en donde se constituye como uno de los más implacables contaminantes.

Al llegar a los océanos, fertiliza las aguas y origina una proliferación de algas microscópicas que al morir y descomponerse crean zonas muertas, originando una gran pérdida de biodiversidad.

Además, es capaz de combinarse con otras sustancias y difundirse con velocidad para dar origen al ozono a ras de tierra, uno de los reactivos más nocivos contra la salud y origen de una de las formas más agresivas de formación de efecto invernadero.

Cuando se presenta como óxido nitroso, su poder de calentamiento es 300 veces más alto que el de una molécula de CO2, de tal manera que los expertos ambientalistas lo catalogan entre las tres primeras amenazas contra la biodiversidad.

La concentración actual de N2O aporta el equivalente a 10% de lo que contribuye el CO2 en el efecto invernadero, por lo que es necesario disminuir el daño colateral del nitrógeno.

Algunos países ya están tomando medidas para reducir el amoniaco en el campo, cambiar la alimentación del ganado por forrajes en vez de granos y buscar energías alternativas para sustituir combustibles fósiles; incluso a la acuicultura le llegó la hora de aportar ideas innovadoras para reducir el uso de nitrógeno antropogénico en beneficio de nuestro medio ambiente.

*Jorge Reyes es el director de Pesca y Recursos Renovables. La opinión es responsabilidad del autor y no necesariamente coincide con el punto de vista oficial de FIRA. [email protected]