La infancia, dijo el poeta Rainer María Rilke, es la verdadera patria del hombre. Con su sapiencia, estilo y simpatía por la gente menuda, Rilke nada tenía que ver con los pensamientos de mexicanos y latinos sobre los niños. Aquello del escritor inglés GK Chesterton, escribiendo que lo maravilloso de la infancia es que cualquier cosa en ella es maravillosa, palidece ante perlas del refranero nacional como “el que con niños se acuesta que con su pan se lo coma” o de la sabiduría popular que advierte: “El que desde niño es guaje, hasta acocote no para”.

Sin embargo, es verdad que donde hay niños existe la Edad de Oro y que llevan, desde siempre, la carga de ser la esperanza del mundo. Quizá es por ello que tienen su día. Y que en México resulta ser el último día de abril. Cada país, porque niños hay todas partes, celebran en fecha y forma diferente, de acuerdo con como cada gobierno lo cree adecuado; pero su significado sigue siendo el mismo en todos. Por ejemplo, en Bolivia se festeja el 12 de abril, en Colombia es el último sábado de abril, en Paraguay es el 31 de mayo, en Venezuela es el tercer domingo de junio, en Uruguay es el 9 de agosto, y en Argentina es el segundo domingo de agosto; esto es sólo por mencionar algunos lugares. Para variar, la responsabilidad de la existencia de la tan infantil jornada festiva fue la Asamblea General de las Naciones Unidas que en 1954 recomendó que se instituyera en todos los países un Día Universal del Niño y sugirió a los gobiernos que celebraran dicho día en la fecha que cada uno de ellos estimara conveniente. La ONU celebra dicho día el 20 de noviembre, en conmemoración a la aprobación de la Declaración de los Derechos del Niño en 1959 y de la Convención sobre los Derechos del Niño en 1989. La fiesta, usted ya lo sabe, se celebra en general con cantos, regalos y juegos. Muchas veces con permiso de faltar a la escuela y otras con festivales y regalos. (Como dato frívolo y curioso, el Día del Niño en México es también la fecha de nacimiento del conejo Bugs Bunny).

Fuera de toda caricatura, criar niños y celebrarlos bien es una cosa seria, no sólo porque el que no aprende a sus años sufre amargos desengaños, sino porque la función de los adultos frente a los niños es educar. Es decir, formar personas aptas para gobernarse a sí mismas, y no para ser gobernadas por otros. La tarea no es nada fácil y los educadores muchos. Las fiestas también, todas muy distintas. Y si de regalos se trata, puede parecer, más que anacrónico, un sueño guajiro el hecho de pensar que el regalo que más apreciarán los niños es un libro. Probablemente harán las mismas caras que ante un plato de brócoli con chayote hervido, pero tenga usted en cuenta que todo depende de cómo lo entrega, quién lo escribe y de qué se trata. Deje a un lado la creencia de que hay pocas opciones y el material de lectura más fácil de conseguir tiene que ver con las enciclopedias, los superhéroes gringos de las películas o los eternos personajes de Disney. No es así. El mundo es ancho y ajeno, las librerías como castillos encantados y los libros para niños las inundan. Cito a algunos especialistas que, en las últimas dos décadas, se han planteado una serie de preguntas sobre este asunto, según la página de Enciclopedia de la Literatura en México: ¿existe realmente una literatura para niños? Y, si existe, ¿qué obras participan de este género? ¿Cuál es el término apropiado para denominar a esta literatura: literatura infantil, literatura para niños o, como lo ha propuesto Evelyn Arizpe, “literatura de grandes para chicos”? En un artículo titulado “Breve (y muy subjetiva) crónica de la verdadera conquista de la literatura mexicana por y para niños”, Daniel Goldin opina que la literatura para niños es, ante todo, literatura y que, por lo tanto, no hay temas adecuados o no para los niños, hay sólo formas de presentarlos, de acuerdo con sus capacidades cognitivas o vivenciales. Y en un artículo titulado “¿Literatura infantil?”, Mario Rey comparte la idea de Goldin y propone utilizar el concepto “ediciones para niños”, pues considera que esta literatura (y el corpus que lo integra) debe valorarse de acuerdo con la calidad artística o literaria de las obras, lo cual implicaría dejar fuera varios títulos. O para resumir, exactamente igual que en cualquier clase de libro, película, pintura o toda clase de obra dirigida a niños o adultos.

Como sugerencia —y para que toda la familia disfrute esta jornada y el largo día de descanso que se avizora— tres magníficos títulos para leer y regalar:

1) El discurso del oso de Julio Cortázar. Un diamante en bruto escrito por uno de los mejores cuentistas de habla hispana y que afortunadamente entra en los terrenos de la literatura infantil, género que no solía tocar nunca. Sin ser chantajista o cursilón, es un texto que de tan bueno y adorable puede convertirse también en magnífica lectura para adultos.

2) La peor señora del mundo de Francisco Hinojosa. Un libro que todo niño debería tener. El autor, mexicano a toda honra, poeta, narrador y editor, ha dedicado gran parte de su talento a la literatura para niños y jóvenes. Además de impartir cursos y talleres de literatura infantil, ha colaborado para varias publicaciones con artículos periodísticos y de divulgación cultural. La peor señora del mundo, publicado en 1992, es ya un clásico y sigue vendiéndose como pan caliente. Será porque los lectores —niños y adultos— disfrutan de la fantasía de pensar que a lo mejor no es cuento y que de verdad el que la hace la paga.

4) El Principito, el texto más conocido del francés Antoine de Saint Exupéry y que, aunque ya cumplió más de 70 años, conserva su juvenil espíritu. (Si usted no la ha leído, no le diga a nadie, hágalo ya mismo y por lo pronto sepa que es la historia de un aviador que se encuentra perdido en el desierto del Sahara, después de haber sufrido una avería y entonces se le aparece un hombrecito o un niño, que en realidad es un pequeño príncipe que viene de un asteroide). Esta novela corta ha sido considerada un libro infantil por la forma en la que se encuentra escrito y las magníficas ilustraciones dibujadas por su propio autor, pero también contiene observaciones profundas sobre la vida y la naturaleza humana que ya quisiéramos que todos los adultos hubieran aprendido.

Siempre hay un momento en la infancia, cuando la puerta se abre y deja al futuro salir, dijo Graham Greene. Si detrás de la puerta hubo libros y lecturas, esa patria que es la infancia habrá sido la más libre y la mejor de todas.