Pocos son los países que pueden celebrar el Día Internacional contra la Corrupción. En su última edición del Índice de Percepción de la Corrupción, Transparencia Internacional revela cuáles son los países con mayor percepción de corrupción en el sector público a partir de la evaluación que hacen 11 instituciones.

Dinamarca, Nueva Zelanda, Finlandia, Suecia, Noruega y Singapur ocupan los primeros lugares en la lista, quizás son los únicos que tienen motivos para celebrar. ¿Qué pasa con México? Con una puntuación de 35 puntos sobre 100, nuestro país salió reprobado en el lugar 103 de 175 países, siendo 1 el menos corrupto. Seguimos avanzando, pero en sentido contrario.

Si nos comparamos con los países miembros de la OCDE, el resultado es igual de lamentable: ocupamos el último lugar; en América Latina estamos 82 lugares debajo de Chile y 34 debajo de Brasil. Todo esto sin considerar que la información se obtuvo hasta junio, por lo que hoy, a partir de todo lo ocurrido en los últimos meses, podría ser mucho peor.

A pesar de lamentarnos por vivir atados a este flagelo que en vez de disminuir parece crecer desmedidamente tocando a todos los niveles de la población, gobierno, empresas y organizaciones, la pregunta es si estamos haciendo algo para atacar el problema de raíz. Muchos se justifican afirmando que resulta imposible acabar con un cáncer de tantos años, tan arraigado y sistémico que simplemente parece irresoluble.

Resulta muy fácil ver el error enfrente y señalar a otros como responsables en lugar de hacer introspección. Pocos se dan cuenta de que la corrupción es una cadena interminable y que sólo se puede empezar a romper en donde cada uno está parado. Esto implica hacer conciencia, asumir responsabilidad y tomar decisiones.

Ninguna batalla se gana desde la desconfianza, la duda o la creencia de lo imposible. Para atacar la corrupción se requiere una cirugía mayor en donde todos somos responsables, tanto ciudadanos como gobiernos a todos niveles y de todos los partidos. Se necesita una gran determinación para dejar de hacer lo que abona a la cadena (por pequeño que sea) así como para vigilar y exigir que otros no lo hagan. Quienes insistan deben pagar las consecuencias. Amnistía Internacional ya hizo una serie de recomendaciones que debemos conocer e impulsar. La solución está, el problema es que nadie quiere ser el primero, no sea que resulte incómodo.

Twitter: @armando_regil