El 2020 ha sido un año de desprestigio para muchos íconos históricos. El presidente López Obrador, en campaña permanente contra el neoliberalismo, a diario reinterpreta el significado de las palabras para vilificar mucho de lo que se ha considerado progreso. El sector energético, por supuesto, no se salva.

Para el presidente y su gabinete energético, las turbinas eólicas son ventiladores. La principal característica de las energías renovables son su intermitencia. El fracking, si viene de la empresa nacional, es tan convencional como la perforación tipo popote. La competencia es desorden. Los reguladores que él no designó son alcahuetes. El deterioro, financiero y operativo, en realidad es crecimiento. Los planes contreras, como construir una mega-refinería o satanizar el comercio en este momento, son de sentido común. Y los contratos, más que para comprometerse, están hechos para revisarse a cada rato.

No es difícil conectar esto con los esfuerzos, muchos de ellos globales, para escrutinizar, revisitar y – si se necesita – reescribir la historia. En todo el mundo, muchas estatuas han caído. Por más progreso que hayan generado, quienes hayan tenido pedestal de símbolos pero den cuenta de vicios o defectos políticos, personales o institucionales a cada rato están siendo derrumbados y pisoteados. O al menos retirados de la vista pública. En la ciudad de México, la estatua de Colón quizás no regrese a Reforma.

Con sólo este contexto a la mano, sería sorprendente que en 2020 nadie haya propuesto seriamente retirar la fuente de petróleos del Periférico. ¿No es claro que Pemex ha cumplido, reiteradamente, con varios de los requisitos exigidos por los revisionistas históricos para caer en desgracia? En las últimas décadas, por más ícono que sea, ha protagonizado algunos de los peores accidentes de la industria petrolera internacional y varios de los peores escándalos de corrupción del país. Y estar del lado incorrecto de la historia no es cosa sólo del pasado. Este año, además de los alegatos de corrupción en torno a Vitol, Bloomberg la señaló en algún momento como la empresa líder, a nivel global, en empleados contagiados por Covid-19. ¿Le seguimos hacia políticas climáticas, de género y protección a los derechos humanos?

En un sentido más amplio, ¿no es de la mayor relevancia que Pemex lleva al menos 16 años al hilo sobre-prometiéndole al pueblo de México? Desde 2004, cuando comenzó el desplome en la producción de Cantarell, la petrolera ha creado falsas esperanzas: año con año, se han relanzado sus inversiones y se han replantado sus planes; pero su producción no ha incrementado ni se ha estabilizado. Y, de nuevo, no es mera cosa del pasado. Sigue cayendo. Su situación financiera ha seguido empeorando al grado de ser la petrolera más endeudada del mundo. Pemex también es el ángel caído más grande del mundo. Es un momento de carga histórica sobre las finanzas públicas mexicanas. ¿Y si en unos años se mostrara que, junto con la CFE, Pemex fue el principal freno a la transición energética mexicana?

A pesar de todo esto, el foco de la mayoría que seguimos la situación de Pemex con cierto grado de recurrencia no ha sido cuestionar la historia mexicana ni el rol de petróleos mexicanos en el México contemporáneo. Que yo sepa, nadie está intentando borrarla ni menospreciarla. Celebro que no pueda identificar a nadie que haya propuesto en 2020 tirar o retirar la fuente de petróleos.

El foco, al menos por ahora, está en cuestionar la continuidad de sus prácticas. Ojalá logremos reformarla y transformarla para que, décadas después, no haya grupos pensando en cómo deshacerse de esa estatua. Aunque a algunos les suene absurdo, es más constructivo procurar que nuestro presente no sea ofensivo para el futuro que insistir en vilificar nuestro pasado.

@pzarater

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell

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