Al amparo de la sección 301 de la Ley de Comercio de 1974, el 30 de abril Trump anunció la imposición de aranceles de 25% al acero y 10% al aluminio importados del mundo, exceptuando a México y Canadá. La decisión tarifaria para esos dos países se aplazaría al 1 de junio y dependería del avance en las negociaciones del TLCAN. Llegado el plazo, como sabemos, lo hizo. Luego vino su penoso comportamiento en la reunión del G7. Finalmente, la semana pasada, Trump ordenó imponer aranceles a diversas importaciones chinas por 50,000 millones de dólares.

Los países reaccionaran con represalias comerciales: México impuso medidas equivalentes a diversos productos hasta por un monto igual al nivel de la afectación. Seis países más y la Unión Europea anunciaron imponer tarifas a diversas exportaciones estadounidenses. Esos países representan 70% de las importaciones a Estados Unidos de acero y aluminio y están dentro de los mercados externos más grandes para productos de ese país. Más aún, Trump ha indicado que pronto podría imponer un arancel de 25% a las importaciones de automóviles de México a su país, una franca violación al TLCAN. Aunque para la OMC estas represalias son medidas compensatorias permitidas, conducen a una guerra comercial.

En una guerra se entiende que hay un triunfador, pero en una guerra tarifaria nadie gana. Cualquier libro de texto de teoría del comercio internacional muestra, con base en el análisis de las curvas de contrato (offer curves), que las tarifas reducen los volúmenes de comercio y, por ende, el bienestar global. En una guerra comercial, esto último empeora en la medida en que hay un escalamiento de imponer tarifa tras tarifa por parte de los protagonistas. El “desarme tarifario” sólo se logra mediante una negociación sensata en un marco de libre comercio.

Un estudio muestra que el efecto de esta guerra comercial para Estados Unidos es la contracción de la producción y el empleo, reduciendo su PIB anual en 0.2% (www.tradepartnership.com).

La guerra tarifaria perjudica a productores y consumidores. Las industrias que, por ejemplo, utilizan el acero como insumo (la automotriz) pierden competitividad. Sectores exitosos son así penalizados. Por el lado de los consumidores, éstos pagan precios de importación más caros por esos bienes protegidos, enfrentan una menor variedad de bienes y tienen que sustituir productos por otros de menor calidad. Estas represalias comerciales son un auténtico tiro en el pie.

Las perspectivas no lucen alentadoras mientras tengamos a un Trump envalentonado que nos arrastre a tomar represalias comerciales. La guerra comercial con México parecería ser el último clavo en el ataúd del TLCAN, clavado por un presidente que no entiende los principios más fundamentales del comercio internacional.