Las sociedades modernas pagan altísimos costos por los delitos perpetrados por una especie de criminales cuyo principal valor son los bienes materiales, específicamente el dinero.

Edwin H. Sutherland, sociólogo norteamericano, ante la American Economic Society creó el concepto de delincuentes de cuello blanco. Personas de clase social elevada que desfalcan bancos y empresas, lavan dinero, engañan, estafan, hackean, simulan, roban, manipulan, causan daños y crisis internacionales. Eso sí, lo hacen con estilo, desde enormes y elegantes oficinas, rodeados de lujos y portando las más finas ropas. Son la especie de cuello blanco y moral negra.

Recientemente, The Atlantic publicó el artículo The Psychology of the White-Collar Criminals . Su autor, Eugene Soltes, investigó a aproximadamente 50 prominentes ejecutivos acusados por estos delitos en Estados Unidos. Como era de esperarse, encontró que muchos ya estaban fuera del mundo que antes reinaron y sin la seguridad que antes les sobraba.

Pero lo que llama la atención es que, en general, estos personajes no muestran ningún remordimiento por sus acciones ni por el daño que causaron. Esos ejecutivos están o aspiran a estar en lo más alto, rechazando siempre a ser parte del mundo que más odian y se ciegan a ver: el mundo de la pobreza.

Lamentablemente en México, la lista de financieros, ejecutivos, políticos y empresarios corruptos es tan numerosa como nefasta. El psicodrama de Mergen describe su personalidad llena de materialismo, auténticos maníacos cuya tensión patológica se libera sólo con bienes materiales; egocentrismo, seres con profunda inseguridad personal y severa ausencia de afectividad; narcisismo, son soberbios, insensibles, sumamente inteligentes, audaces y dinámicos; de alta peligrosidad, no conocen límites ni temen a las consecuencias; hipocresía, se muestran aparentemente generosos pero como medio para disimular su frialdad criminal y, neurosis, sufren falta de conciencia de culpabilidad y siempre justifican su actuar al merecerse acopiar las mayores riquezas.

Y no es que la abundancia sea un deseo censurable, pero cuando la ambición se vuelve un fin que justifica todos los medios, entonces la ley resulta excremento y la decencia, actitud pusilánime.

En la Suma teológica, Tomás de Aquino afirma que, en un mundo civilizado, el sufrimiento ajeno no debería ser una fuente de satisfacción para nadie.

Lavar la mugre, no sólo el dinero

Enorme desafío enfrenta el Sistema Nacional Anticorrupción. Si bien hay avances importantes como las reformas a la Ley de Instituciones de Crédito, Ley General de Responsabilidades Administrativas y al Código Penal Federal en materia de responsabilidad de las personas jurídicas y prevención de lavado de dinero , la realidad es que también los cuellos blancos se han sofisticado y multiplicado.

Sabemos, por ejemplo, que sólo por lavado de dinero se operan en el país 50,000 millones de dólares anuales (El Universal, 26/01/2017), y que los delitos de cuello blanco conllevan los juicios más largos y difíciles para la Procuraduría General de la República (La Jornada 22/03/2016).

Esta criminalidad provoca fuertes impactos en la economía, deforma los mecanismos legales, destruyen la sana competitividad y la libre competencia, manipula precios, desacredita a los mercados y daña la credibilidad del sistema gubernamental. En este contexto, no existe poder económico sin la necesaria complicidad del poder político.

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