El crédito ha permitido a muchos aumentar su patrimonio.

Cada vez que aumenta la morosidad en el pago de los créditos al consumo, de inmediato, surgen justificaciones sobre lo bajos que son los salarios y lo altos que son los niveles de desempleo.

La verdad es que ese tipo de explicaciones son válidas en momentos terribles pero específicos de la historia financiera mexicana.

Por ejemplo, a principios de la década de los 90, los créditos -entre ellos, las tarjetas- se otorgaron de forma exponencial. Cuando estalló la crisis financiera de 1994-95, fueron impagables muchos de los préstamos vigentes porque la inflación y la devaluación fueron superiores a los incrementos salariales, además de que muchas personas perdieron la casa, el coche y hasta el empleo.

Durante la Gran Recesión del 2009, la inflación se mantuvo controlada pero la caída económica implicó la pérdida de muchos empleos que complicaron todo, incluida la situación financiera de esas personas.

Pero, en estos momentos de crecimiento bajo pero sostenido e inflación relativamente controlada, la explicación de por qué los clientes de la banca no pagan sus deudas no tiene que sustentarse en esas razones macroeconómicas del desempleo y el bajo poder adquisitivo.

Las tarjetas de crédito son caras porque los bancos cobran a todos sus clientes la posibilidad de que alguno de ellos deje de pagar. Es como un seguro que prorratea los costos entre los que lo usan y los que no.

El crédito al consumo a través de las tarjetas de crédito es un préstamo quirografario en el cual el acreditado no deja ninguna garantía de pago, simplemente, su firma avala su palabra de cumplir con las obligaciones adquiridas.

El que se retrasa en el pago o, simplemente, deja de pagar se enfrentará a los métodos de cobranza de los bancos y de los despachos que contratan, que -aunque la ley los limite- incluyen amenazas, llamadas telefónicas a toda hora y hasta insultos.

Sin embargo, no habrá la confiscación de algún bien para compensar el saldo pendiente. Un castigo que es importante pero que muchos quizá no dimensionen es el registro negativo que se crea en las bases de datos del comportamiento crediticio.

De acuerdo con datos de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores, hasta abril pasado, casi 2.5 millones de tarjetas de crédito presentaban impagos mensuales consecutivos. De ellas, Bancomer tiene más de 1 millón de plásticos en esta condición.

Es hasta cierto punto lógico que a esta filial del BBVA le ocurra esto, pues es el mayor emisor de tarjetas de crédito del mercado mexicano, aunque también tiene el producto más caro del mercado dentro de los plásticos clásicos, con una tarjeta con un Costo Anual Total (CAT) de más de 99 por ciento.

El uso del dinero plástico ha sido vendido por los propios bancos de forma equivocada. Se le ha presentado como un asunto de estatus económico. Se incita a resolver el deseo de compra con una simple firma. No hay publicidad en la cual sacar una tarjeta de crédito no provoque una sonrisa en todos.

Si el futbolista de moda firma sus compras con determinada tarjeta, no deben ser pocos los que quieran imitarlo, ante su imposibilidad de también meter goles en Europa.

Si la cultura financiera enseña que esos instrumentos bancarios son productos aspiracionales y no medios de pago, entonces, se desvirtúa su función.

Los cigarros también eran vendidos de la misma manera: como un medio de conseguir el éxito y parecer guapo y popular. Se prohibió esa publicidad engañosa porque el cigarro causa cáncer. Las tarjetas no.

Mientras la pérdida esté calculada y prorrateada entre el resto de sus clientes, los bancos no serán promotores de una buena cultura financiera en el país. Está visto que la ignorancia es buena aliada de las utilidades de estos grupos.

Pero quien ve en el uso del crédito bancario vía tarjetas una extensión de su salario está cometiendo un error grave para sus finanzas.

Un crédito plástico, bien otorgado por parte de los bancos y bien usado por parte de los acreditados, puede constituir la puerta de entrada a muchos otros productos bancarios de mucho mayor valor, como un préstamo hipotecario.

La estabilidad económica de los últimos 15 años ha permitido a muchas familias aumentar su patrimonio con el uso del crédito, pero a muchas personas les ha implicado vivir en eterno pleito con los bancos por el mal uso de las tarjetas.

ecampos@eleconomista.com.mx