Junto a un puñado de policías honestos y ambiciosos, él desencadenó la barrida anticorrupción más grande de la historia de Brasil y de América Latina. Pareció un dios intocable, un justiciero adorado por las masas. Pero luego comenzó a caer.

Sergio Moro, un juez estudioso y formal de Curitiba, echó a andar en el 2014 la operación Lava Jato. Tiró de una pequeña cuerda roja, siguió su recorrido, provocó un “círculo virtuoso” de delaciones a cambio de condenas más suaves, al estilo del proceso mani puliti en la Italia de los años 90, rompió un antiquísimo pacto de silencio, y puso al descubierto una enorme trama de sobornos a partir de las obras de Petrobras, la mayor empresa del país, y descabezó compañías, partidos y al mismísimo Congreso.

La cruzada de Moro, que derivó en unas 160 condenas y la recuperación de miles de millones de dólares, incluyó el mayor acuerdo trasnacional por sobornos alcanzado por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, así como investigaciones en varios países de América Latina, que llevaron a prisión a seis expresidentes, brasileños y extranjeros, y provocaron el suicidio de otro.

La joya en la corona fue la prisión del arrogante Marcelo Odebrecht, un príncipe de la empresa brasileña, quien terminó entregando un exuberante mapa de desvíos de dinero hacia políticos de una decena de países.

Y por último: el encarcelamiento del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, el hombre ante quien se parten las aguas en Brasil: el más amado y el más detestado.

El juez Sergio Moro, de 46 años, comenzó a bajar atropelladamente del Olimpo. El 1 de noviembre aceptó ser el ministro de Justicia y Seguridad Pública de Bolsonaro. Él lo presentó como un puesto ideal para acabar con la corrupción y el crimen organizado en Brasil. Pero la aceptación también dañó su imagen de neutralidad política y asepsia judicial.

El segundo gran tropezón lo tuvo la semana pasada, cuando el portal web The Intercept divulgó una serie de mensajes intercambiados por Moro con el fiscal del caso Lava Jato entre el 2015 y el 2018.

Según los mensajes hackeados, Moro daba sugerencias y guías al fiscal Deltan Dallagnol, quien llevó la ofensiva contra Lula. Y parece que Moro y Dallagnol, las cabezas más salientes de la “República de Curitiba”, capital del Estado de Paraná, desde donde sacudieron a todo Brasil, también perseguían fines políticos.

A Moro se le habían perdonado varios excesos durante su persecución a los corruptos, pues la causa era noble, pero éste puede ser demasiado.

Los mensajes divulgados pueden ser ilegales, e incluso parciales. De todos modos, pueden contener un grave señalamiento moral contra Moro, e incluso delitos.

Lula, de 73 años, el más hábil y experimentado de los políticos del país, tocado pero no muerto, está muy a tiempo de reiniciar su carrera política, con un gran aura de víctima, y de ponerlo todo patas arriba.

De ser cierto el prejuzgamiento de Lula, el caso Lava Jato, el más grande azote de la corrupción en América Latina, quedaría manco, tuerto y cojo.

Maravillas del realismo mágico.