Tarde lluviosa. Noche de luto. Ha muerto Carlos Monsiváis, al mediodía de este típico sábado de junio en la ciudad de México. No ha aguantado -nadie podría- 10 semanas en el respirador del área de terapia intensiva del Instituto Nacional de Nutrición Salvador Zubirán.

Tenía un par de años con la salud quebrada. La señal de alerta ocurrió el año pasado. A fuerzas, familiares y amigos lograron sacarlo de su casa-refugio de la colonia Portales y lo llevaron a Cuernavaca. El clima de aquella ciudad le ayudaba, pero no lo curaba. Todo lo contrario, lo embargaba de nostalgia.

En las horas posteriores a su deceso, sólo queda claro que su familia quiere cumplir al pie de la letra los deseos del finado: apurar la vigilia y la incineración. Ausentes del territorio capitalino, el Jefe del Gobierno del Distrito Federal y el Presidente de la República se disputan lugares, ceremonias, tiempos para los homenajes de cuerpo presente.

Marcelo Ebrard anda en campaña, por Zacatecas. Desde allá ordena agilizar, en la medida de lo posible, los trámites y dispone el Museo de la Ciudad de México como sala de velación. Después de que se expida el certificado de defunción, Monsiváis hará una breve escala en Gayosso de Sullivan, antes de ingresar oficialmente al Olimpo de los mexicanos ilustres.

Felipe Calderón también está fuera de la ciudad. A la mitad de sus tres días de actividades privadas-personales , nada ni nadie puede romper esa especie de semana inglesa que caracteriza su sexenio. Opera a través de Consuelo Sáizar, presidenta del Conaculta, quien forma parte de la primera guardia ante el féretro, junto con José Narro Robles, rector de la UNAM, Marta Lamas y Elenita Poniatowska, quien define con estrictez: Se va alguien absolutamente irremplazable .

En la República de las Letras aztecas, pocos con los suficientes arreos para equipararse a Monsiváis. Uno de ellos, José Emilio Pacheco, hace público su pésame en la prensa española. Y completa la idea: Perdemos una conciencia crítica irremplazable .

Pacheco , quien también sufre de severos problemas respiratorios, lleva algunas semanas enclaustrado en su casa. Todas las noches debe someterse a una hora de terapia, con un nebulizador, para transitar los peligros que se asoman al alba. Su condición, paradójicamente, ha frenado una oleada de tributos oficiales, muy justos y políticamente correctos, pero superfluos y ramplones por lo demás. Como las ofrendas recientes a Miguel Ángel Granados Chapa, quien ya ha mostrado tener un blindaje muy particular y tantas vidas como los felinos.

Entre las poliédricas facetas de Carlos Monsiváis destaca una fundamental: su impulso al periodismo crítico, sin concesiones al poder público. Pilar -y muchas veces consuelo- para quienes hacen La Jornada, siempre tuvo la puerta abierta para su directora, Carmen Lira Saade. Y largas charlas de café con don Julio Scherer García.

Para una generación de reporteros actualmente en cargos directivos -Raymundo Riva Palacio, Carlos Marín, René Delgado, entre otros muchos- era más que un mentor: una especie de abogado componedor, cuando había pleitos, y un jocoso convocante, al que nadie despreciaba, si se trataba de desayunar, los sábados, en el cafecito de la calle de Hamburgo. O de pasear con Rafael El Fisgón Barajas, en el Bazar del Ángel y darle gusto a su vena coleccionista.

De esos recorridos surge buena parte del acervo que se exhibe actualmente en el Museo del Estanquillo. En los libreros de su casa se quedarán, además, los muñecos de luchadores que también le entretenían. Y en los muros, afiches de las películas que lo apasionaban.

Pero lo que más impacta, de su casa, son los libros... y la legión de gatos que recorrían escritorios, sillones y estantes. En la escuela de periodismo, siempre hay un maestro chancero que asigna la tarea imposible de entrevistar al cronista. Algunos de los aspirantes a reporteros lograban conseguir el teléfono de la residencia. Les contestaba Monsiváis, con la voz engolada, identificándose como su tía y pidiendo que dejaran un recado.

A cambio, Monsiváis fue siempre un generoso, pero exigente, revisor de textos. De sus talleres de crónica son egresados algunos de los mejores periodistas de la actualidad. Y nunca se negó a escribir un prólogo. Debe tener tantos, como libros de su autoría.

Además de su obra como ensayista y crítico literario, queda su invaluable aporte al periodismo contemporáneo. Ahora toca a colegas como Arturo Cano, Jenaro Villamil, Antonio Helguera, José Pepito Hernández y Jesús Ramírez Cuevas honrar tanta generosidad y sapiencia. Y a nosotros, extrañar su: Por mi madre bohemios de las mañanas dominicales.

EFECTOS SECUNDARIOS

HAY FESTIVAL. Sin José Saramago ni Carlos Monsiváis -quiso el destino, en lo único que creían, o Dios, que fueran cremados la misma fecha- y tal vez sin José Emilio Pacheco, tendrá lugar la versión 2010 del Hay Festival en Zacatecas. A mediados de julio, en la capital de aquella entidad se darán cita un centenar de intelectuales, entre los que destacan Bob Geldoff, Jon Lee Anderson y Javier Cercas, entre muchos otros.